El resultado electoral en Francia resultó un alivio para los trabajadores, a la vez que se convirtió en un elemento adverso para Milei, que apuesta al fortalecimiento de la ultraderecha internacional. El gobierno logró su “Pacto de Mayo” con 18 gobernadores, lo que le otorga cierta estabilidad. Sin embargo, cada día aumenta más el malestar contra el gobierno por los aumentos de precios, los bajos salarios y la creciente ola de despidos.

Los resultados de las elecciones en Francia constituyen un dato político de primer orden a nivel internacional. El ascenso electoral de la ultraderecha que se manifestó primero en las elecciones europeas y luego en la primera vuelta de las legislativas francesas tuvo un freno categórico tras la sorpresiva y contundente derrota de Reunión Nacional, el partido liderado por Marine Le Pen.

Mediante una masiva concurrencia a las urnas, apalancada fundamentalmente por sectores jóvenes e inmigrantes, la extrema derecha sufrió una dura derrota que los relegó al tercer puesto, cuando parecía que se preparaban para gobernar Francia por primera vez.

La coalición de centro izquierda del NFP logró reunir el masivo rechazo social hacia la ultraderecha racista y xenófoba, rechazo que benefició incluso al oficialismo de Macron, a pesar de su crisis sin fin. El “cordón sanitario” que se llevó a cabo en lo electoral no hizo más que reflejar la creciente polarización político-social que atraviesa Europa: una ofensiva capitalista en toda línea que se apoya en el crecimiento de formaciones políticas muy reaccionarias como las distintas variantes de la ultraderecha a nivel global, pero también múltiples formas de respuesta por izquierda a esos ataques en el terreno social y en el político, aunque en este último no vehiculizado por la izquierda revolucionaria sino electoralmente por distintas variantes del centro burgués o la centro izquierda. El reciente caso francés pinta un cuadro paradigmático de este panorama.

Por supuesto, la derrota de Le Pen es una bocanada de aire fresco para la clase trabajadora y la población migrante europea, que salió a las calles a festejar masivamente la derrota de Reunión Nacional. Pero no es el fin sino la reconfirmación de esta polarización que está en pleno desarrollo. Para frenar a la ultraderecha, ahora la pelea debe continuar en las calles y no sólo en las urnas. Por su parte, a pesar de la derrota electoral, el partido de Le Pen acrecentó su fuerza parlamentaria como nunca, y se consolidó como una de las principales fuerzas políticas del país.

Por elevación, el resultado electoral francés es también una derrota para Javier Milei. Con plena conciencia de que forma parte de un fenómeno internacional, desde que llegó al gobierno estuvo ampliamente dedicado a sus viajes al exterior en los que se reunió con diversos líderes de ultraderecha de distintas partes del mundo. El propio Milei se autoproclamó líder de las «nuevas derechas» a nivel global, y llegó incluso a sugerir que sus viajes a Europa habían logrado inclinar la balanza a favor de la ultraderecha en las elecciones europeas. Envalentonado por esos resultados, él mismo decidió medirse en el espejo de la ultraderecha europea, espejo que ahora le devuelve la imagen de una contundente derrota electoral. Pero también le devuelve reflejos que pueden echar luz sobre las contradicciones sin resolver de la situación política en Argentina.

Lo que deja claro una vez más el caso de Francia es que la situación política internacional (particularmente en Europa y América) sigue dominada por la tendencia a la polarización. A pesar de que es el polo de derecha el que aparece más a la ofensiva, una y otra vez se reconfirma que la situación no es de una derrota histórica estilo años ‘90, sino que se trata de una situación de carácter abierto a lo que dicte la lucha de clases.

Un pacto de gobernabilidad

El dato político más importante a nivel nacional fue que el gobierno finalmente consiguió que se firme su “Pacto de Mayo”, a pesar de que estemos ya entrados en el mes de julio, incongruencia que ya de por sí dice algo de las dificultades y elementos de crisis que tuvo que sortear el gobierno en su primer semestre de gestión.

A pesar del atraso en la fecha y de tratarse de un acto simbólico, el gobierno consiguió mostrar iniciativa política, con el aire que consiguió tras la aprobación de la Ley Bases. En el evento dijeron presente los gobernadores de 18 provincias y algunas otras personalidades políticas del país. La asistencia a la escenificación que les propuso Milei fue la muestra más cabal de que el régimen político quiere que Milei pueda gobernar y llevar adelante su programa reaccionario para el país.
Es que lo más significativo de la firma del Pacto no es tanto su contenido (que no tiene validez legal y no incluye ninguna novedad respecto al programa de reformas reaccionarias que Milei pretende para el país) como el compromiso de parte importante del régimen político en garantizarle la gobernabilidad.

La firma del acuerdo tiene, en este sentido, significados hacia adelante y hacia atrás. Por un lado, refleja que el gobierno que venía a “combatir a la casta” tuvo que recurrir a las propias instituciones del régimen para poder asentarse en el poder en sus primeros meses. El Congreso y los gobernadores, así como hicieron todo lo posible para colaborar con el gobierno (lo que se tradujo en la aprobación de la Ley Bases) también se encargaron de marcarle la cancha cada vez que el gobierno intentó pasarlos por encima con aires de bonapartismo, lo que produjo –junto con la movilización popular- la primera crisis de importancia del gobierno de Milei cuando cayó la Ley Ómnibus.

Este balance de estos primeros siete meses se proyecta hacia adelante con la firma del Pacto de Mayo: La “casta” se compromete a darle gobernabilidad a Milei y, a cambio, Milei se compromete a gobernar con la “casta”. Esto está casi explícito en el texto del acta firmada: Todos los puntos tratan de las reformas reaccionarias de Milei excepto el que les garantiza a los gobernadores “un reparto justo de la coparticipación”, que es la moneda de cambio que exigieron las provincias para firmar.

Pero a pesar de la escenificación triunfalista del gobierno, el acto tuvo notorias ausencias. Y no fueron solamente los cinco gobernadores restantes los que fueron invitados y no asistieron. No estuvieron tampoco los Jueces de la Corte Suprema, no estuvo la CGT ni ningún representante gremial, así como tampoco las autoridades de la Iglesia. De la misma manera, tampoco estuvo el “dialoguista” Pichetto ni nadie de su bloque. En medio de la interna del Pro, Macri sí estuvo, pero se sintió “destratado” y hasta “humillado”, según relató el propio diario La Nación, vocero del macrismo.

Todas estas ausencias de primer orden son un llamado de atención para el gobierno, porque representan nada menos que las dudas que sectores clave del régimen capitalista del país manifiestan tener para terminar de embarcarse en el proyecto reaccionario del gobierno. No porque no estén de acuerdo con su contenido, sino porque temen que un mar embravecido haga zozobrar el barco con todos arriba, en un contexto económico del país de crecientes contradicciones sin resolver y una clase trabajadora que no fue derrotada, lo que se manifestó la semana pasada con el nerviosismo de los “mercados” que hicieron enturbiar las variables financieras.

Las contradicciones de la situación política y el crecimiento del deterioro social

Es indudable que el gobierno salió con aire político después de la aprobación de la Ley Bases. El hecho simbólico de la firma del Pacto expresa la estabilización relativa y temporal de la coyuntura tras ser “acobijado” por el régimen. En este contexto, el gobierno montó una provocación con el desfile militar del 9 de Julio, un acto formalmente “patriótico” pero de contenido ultra reaccionario, cuya coronación fueron Milei y Villarruel –una explícita defensora de la dictadura militar genocida- desfilando en un tanque de guerra por plena Avenida Libertador. Un día después, el gobierno duplicó por decreto el presupuesto para las Fuerzas Armadas y de Seguridad, para las que no hay ajuste de ningún tipo, más bien al contrario.

El desfile es otro episodio más de las sistemáticas provocaciones del gobierno a los sectores democráticos y luchadores. En este contexto, Milei también retomó su ofensiva contra los trabajadores estatales, que están sufriendo una nueva oleada de despidos masivos, entre los que se encuentran trabajadores del Hospital Posadas, el INTI, la Secretaría de DD.HH. Y el ex Ministerio de Mujeres, entre otros. Además, comenzaron las primeras medidas de ajuste del flamante ministro Sturzenegger, que apuntan a profundizar el vaciamiento de Aerolíneas Argentinas detrás del verso de la “desregulación”.

Si estos elementos expresan los factores que juegan a favor del gobierno, en la coyuntura existen también elementos en sentido contrario que funcionan como contrapeso a la estabilización relativa del gobierno.

En primer lugar, la movilización popular durante esta primera mitad del año marcó la cancha a las pretensiones del gobierno. Hubo dos paros generales y movilización de trabajadores, hubo también cacerolazos y concentraciones contra la Ley Ómnibus primero y la Ley Bases después, así como la histórica marcha en defensa de la Universidad Pública que movilizó a millones a las calles. En este contexto en donde los trabajadores y la juventud no se quedaron en sus casas frente a los ataques, el gobierno mira de reojo las contradicciones de la economía. La recesión es brutal, El nivel de empleo viene en bajada y los ingresos continúan sufriendo el ajuste, con aumento de la pobreza y la indigencia, mientras la inflación repunta. Es sobre este terreno que el gobierno piensa llevar adelante todavía más ajuste, en un panorama económico en el que los exportadores presionan por una nueva devaluación. Todo este cóctel de crisis económica en el marco en que la sociedad se mantiene movilizada acrecienta los temores del gobierno –y sobre todo de una parte del régimen político- de que se esté cocinando una situación explosiva el terreno social.

Además, existe un creciente clima de malestar social con el gobierno, que puede recurrir cada vez menos a la excusa de la “herencia recibida” y comienza a tener “su propio pasado”. Mientras el país es azotado por una ola polar como hacía años no se veía, la crisis social se expresa en la cara más inhumana del capitalismo: ya son cinco las personas en situación de calle que murieron de frío en la Ciudad de Buenos Aires, tan sólo en estos primeros días de Julio.

En el ámbito de los trabajadores, además de la caída del salario y los despidos, el malestar se expresa también alrededor de la restitución del impuesto a las ganancias, imponiéndole a los trabajadores esta criminal política que funciona como un techo salarial, en este contexto de pérdida de poder adquisitivo y repunte de la inflación. Es por esta razón que la CGT (además de ausentarse del “Pacto de Mayo”) comenzó a reunirse nuevamente para definir qué política tomar frente a esos nuevos ataques. La burocracia sindical discute qué grado de conciliación o de enfrentamiento planteará frente al gobierno, sabiendo que se aproximan nuevos ataques, mientras se cuidan de mantener al conjunto de los trabajadores en la pasividad y garantizando los negocios de los empresarios y la gobernabilidad de Milei.

Milei prepara una segunda fase de su gobierno con nuevos y más grandes ataques. El régimen político burgués se compromete a brindarle gobernabilidad, pero el clima internacional de polarización (que es a derecha pero también a izquierda, como demuestra Francia), las contradicciones económicas, la movilización popular y el creciente malestar social forman nubarrones en el horizonte “libertario”.

Frente a todo este contexto, las tareas más urgentes consisten en redoblar la campaña por la liberación de los cuatro compañeros que continúan presos por luchar en la jornada del 12 de junio contra la Ley Bases, campaña que este viernes realizará un festival en Plaza de Mayo exigiendo su liberación. Así como también tenemos que exigirles a las conducciones sindicales de la CGT y la CTA un plan de lucha real contra el ajuste, con asambleas y reuniones en los lugares de trabajo para romper con la inercia y la pasividad que la burocracia le busca imponer a la clase trabajadora.

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