Por una alternativa socialista frente al capitalismo barbárico de Trump, Musk y Milei
La vuelta de Trump al poder es el punto de llegada de todo un momento político, al mismo tiempo que oficia de apertura de un nuevo período. La toma de posesión en la Casa Blanca días atrás fue vivida como un evento internacional de alto impacto político, un punto de inflexión en los tiempos presentes. No es para menos: todo indica que las provocaciones imperialistas, las amenazas conservadoras contra las diversidades de género y por la deportación de inmigrantes, de persecución a todo lo que suene “woke” (progresista), esta vez van más en serio que en su primera presidencia años atrás. Sin embargo, Trump se enfrentará a un mundo agitado y a una clase trabajadora que viene recuperándose en su capacidad de movilización. El resultado de ese enfrentamiento lo dictará la lucha de clases y está abierto.
Revanchismo imperialista
De todas las notas características que va adquiriendo el nuevo gobierno de Trump, la más marcada es su rasgo de gobierno de “revancha imperialista”, esto es, la búsqueda de recuperar la posición de dominio mundial que EEUU supo tener durante toda la segunda mitad del Siglo XX tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial. En esa pretensión histórica se inscribe la política mundial de la nueva extrema derecha que llegó al poder en Washington. Por eso se trata de una política nacionalista, que busca jerarquizar los intereses de EEUU como nación capitalista frente a los otros países y, al tratarse de una potencia mundial, esa política nacional tiene una orientación imperialista, de buscar una mayor dominación, control y opresión sobre los demás países del mundo. Las provocaciones sobre anexionar Groenlandia, tomar el control del Canal de Panamá, cambiar el nombre al Golfo de México, son parte de un plan hegemónico de EEUU luego de décadas de declive como potencia mundial. Un intento de recuperar poder frente al creciente poder de China, al que el propio Departamento de Estado norteamericano calificó como rival estratégico.
Se trata de una orientación que se presenta como poniendo el freno de mano a la decadencia global de EEUU y que amenaza con acelerar de golpe hacia el enfrentamiento con sus competidores internacionales (China en primer lugar, pero también Rusia) y de incrementar los niveles de expoliación y sometimiento de los países que están bajo su órbita de dominación imperial, como América Latina. De ahí, por ejemplo, los útiles servicios que un personaje cipayo como Milei le presta a Trump mostrándose como su adalid mundial.
El detrás de la agenda “anti-woke”
De la mano de esta agenda imperialista, Trump desplegó un nuevo relato conservador y ultra reaccionario contra lo que en ese país llaman «woke» («despierto»). Una expresión que surgió de las luchas antiracistas de los afroamericanos como llamado para mantenerse alerta ante la discriminación: “Stay woke” (Mantente despierto). Luego se extendió hacia las luchas en defensa de los derechos de los mujeres y el movimiento LGBT para hacer frente a la discriminación y la violencia. Pero tiempo después los grupos de extrema derecha lo empezaron a utilizar para atacar a todos estos sectores y a todo lo que resulte progresivo y pretenda relaciones sociales igualitarias, justas y no discriminatorias entre las personas. Dotándose de elementos conspiracionistas, como que la «cultura woke» sería la nueva estrategia del «marxismo cultural» para «infiltrarse en occidente», la extrema derecha fue construyendo un discurso para legitimar el ataque a todo lo que implique mayores grados de libertad, de relaciones sociales solidarias y de derechos entre los explotados y oprimidos. No se trata de una “batalla cultural” que la extrema derecha busque dar sólo en el plano ideológico: las relaciones sociales de cooperación y de solidaridad entre los de abajo son un peligro para los capitalistas y mucho más cuando están desplegando un plan ofensivo sobre las condiciones de trabajo, de aumento de la explotación laboral, de ajustes en los presupuestos sociales, etc.

Contrario a las ideas conspiracionistas de la extrema derecha, la existencia de la «cultura woke» es el producto del ascenso de inmensos movimientos de lucha feministas, del movimiento LGBT y antirracistas de los últimos años, en todo el mundo y en Estados Unidos en particular. Aunque la «cultura woke», por sí misma, no cuestiona al capitalismo como sistema, expresa a los movimientos de lucha más progresivos y masivos de la época actual, y constituye un punto de apoyo desde donde plantear la necesidad de construir una sociedad basada en lazos de igualdad y solidaridad, y no de feroz competencia, violencia y explotación como la que propugnan Trump, Musk y Milei.
Precisamente por eso la burguesía se fue dotando de la agenda “anti-woke” para darle sustrato ideológico a un ataque político a toda una serie de derechos, valores, ideas y relaciones progresivas que fueron gestándose en las últimas décadas en lo más profundo de la sociedad. Por eso, el nuevo período político abierto a nivel internacional tiene dos elementos: por un lado, un polo reaccionario, que puja por llevar las relaciones de fuerzas cada vez más a favor de la burguesía y el orden capitalista y patriarcal (y de manera cada vez más agresiva) y otro polo que anida entre los explotados y oprimidos del mundo, que se fue amasando en este primer cuarto del Siglo XXI. Un contrapunto mundial que expresa tendencias a la lucha, a la autoorganización, que forjó peleas enormes de la clase trabajadores, rebeliones sociales, gigantescas peleas del movimiento de mujeres, históricas jornadas de rebeldía antirracista como el movimiento Black Lives Matter, etc.
Como aliado para dar esta pelea, Trump cuenta con Elon Musk, el capitalista más rico del planeta que, en un gesto de provocación mayúscula, hizo el saludo nazi en un acto político de Trump frente al mundo entero. La prensa cómplice salió a decir que se trató de una confusión y buscó encubrir el acto reivindicador del mayor genocidio perpetrado en la historia humana donde Hitler y el partido nazi masacraron a más de 11 millones de personas, de los cuales aproximadamente 6 millones pertenecientes a la comunidad judía, además de gitanos, comunistas, homosexuales, personas con discapacidades físicas y mentales, etc. Todo en favor de “limpiar a la humanidad” en favor de la “raza aria”. Elon Musk, con ese saludo, explicitó algo que tiene muy claro y tiene antecedentes en su familia. Su padre apoyó abiertamente el régimen racista del apartheid en Sudáfrica y ahora como parte fundamental de la clase capitalista pretende una sociedad jerárquica, donde dominen los sectores del poder económico, basada en la competencia del más fuerte y por lo tanto donde todo atisbo de “wokismo” debe ser eliminado. De ahí, su reciente apoyo público al partido de extrema derecha alemán “Alternativa por Alemania” (AfD), reivindicador del nazismo, enemigo de los inmigrantes, racista y antiobrero. Es ni más ni menos que la confesión más clara que la extrema derecha y su plan de ataques contra los trabajadores tiene como base de apoyo a sectores fundamentales de la clase capitalista, que son los mayores impulsores de las políticas e ideologías reaccionarias y conservadores. Sólo una oposición política anticapitalista, antipatriarcal y socialista puede, por lo tanto, ser una alternativa real y superadora de lo que hoy pretende hacer la burguesía con la sociedad contemporánea.
Milei o la versión cipaya de la cruzada reaccionaria
Como parte de los invitados a la asunción de Trump estuvo Milei, el experimento argentino de la extrema derecha internacional. Luego del relativo fortalecimiento político que obtuvo en los últimos meses tras lograr cierta (aunque muy frágil) estabilidad económica, la segunda llegada de Trump al poder y la “radicalización derechista” del republicano le dio aires para alardear que sus ideas hoy marcan la tónica política del mundo y por lo tanto redoblar su ofensiva política en ciertas cuestiones. En particular, luego de volver de EEUU, donde Trump dijo que “sólo existen dos géneros, hombre y mujer”, Milei dio un discurso medieval y repugnante en Davos (igualó de manera explícita a la homosexualidad con la pedofilia, entre otras barbaridades) y al mismo tiempo lanzó un ataque a través del Ministro de Justicia Cuneo Libarona anunciando que enviaría un proyecto al Congreso para eliminar toda una serie de derechos en materia de igualdad de género, como el DNI no binario, el cupo laboral trans y un ataque mayor: pretende quitar la figura penal de femicidio del Código Penal. Como reacción, rápidamente el movimiento de mujeres y diversidades se autoconvocó este sábado en una Asamblea Antifascista masiva en Parque Lezama, donde se reunieron más de 5000 personas y se definió una gran movilización antifascista y antirracista a Plaza de Mayo para el próximo 1 de febrero. Una expresión clara de que los ataques de la extrema derecha, como vimos durante todo 2024, pretenden hacerse sobre una sociedad viva, sobre un cuerpo social con una profunda gimnasia de organización y movilización. Sin embargo, aunque Estados Unidos también fue cuna de enormes movilizaciones los últimos años, sucede que Milei pretende importar la agenda trumpista en una Argentina que no es Estados Unidos en términos de relaciones de fuerzas. En nuestro país el movimiento de mujeres y diversidades viene de triunfos históricos como la legalización del aborto, mientras que en EEUU la Corte Suprema conservadora cercenó ese derecho que había sido conquistado hace décadas.
Como parte de la agenda trumpista de Milei, también quiere tomar medidas en política internacional para sintonizar a Argentina en la política del imperialismo. En primer lugar, pretende avanzar en un tratado de libre comercio con EEUU, lo que abriría las puertas aún más para el ingreso de productos del país del norte, en una medida claramente que atenta contra el entramado industrial del país y la vida de millones de trabajadores. Y una medida complementaria y de sentido colonial: trascendió que quiere retirar a Argentina del Mercosur. Por otro lado, siguiendo la senda negacionista del cambio climático, sacaría a Argentina de los Acuerdos de París y de la mano de la visión anticientífica, antivacunas y medieval, haría lo mismo de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Un programa para colocar a la Argentina como la sombra retrógrada y barbárica de EEUU.
Mediante todas estas iniciativas de sometimiento a las políticas de EEUU Milei no sólo sigue sus “preceptos ideológicos” sino que trata de buscar los favores económicos de Trump para financiar el experimento libertario. Es que si no logra una asistencia permanente de dólares por parte del FMI es imposible sostener el esquema financiero y cambiario de “dólar barato” y plancha inflacionaria. En esa línea fue la baja de las retenciones a los empresarios del campo, tratando de que liquiden la venta productos de exportación. Además, el gobierno sabe que sin una salida del cepo al dólar es muy difícil que capitales internacionales vengan a invertir (ante la dificultad de luego de capitalizar las ganancias dólares), y hoy en día, sin la cantidad ingente de dólares en las arcas del Estado, la eliminación del cepo podría producir un fogonazo inflacionario que sepulte la el principal caballito de batalla de Milei.
El peronismo entre la pasividad y el aggiornamiento conservador
Lo que nos remite a un hecho que viene siendo fruto debate entre amplios sectores políticos progresistas e izquierda: ¿qué hacer frente a la avanzada derechista?, ¿qué hacer luego un año de intensas movilizaciones contra los ataques reaccionarios cuando aún restan tres años de gobierno? Entre las filas de los dirigentes del peronismo y de las conducciones sindicales de la CGT y la CTA la respuesta viene siendo la misma: “hacer control de daños y dar la batalla cultural para volver cuando sean las próximas elecciones”. Una estrategia que en boca de los dirigentes sindicales se traduce en que desde hace largos meses se han guardado, y cuando el gobierno ataca, por ejemplo con los despidos en la ESMA, los más de 1200 despidos en el Ministerio de Salud que tienen como objetivo vaciar los hospitales como el Bonaparte para luego cerrarlos, o cientos de despidos en el PAMI, los sindicatos dicen que ellos “están negociando para que no haya más despidos”. Esto es, dejan pasar los ataques llamando a la calma a las y los trabajadores, haciéndole la segunda al gobierno como “administradores” de la bronca que viene desde abajo.
Pero la explicación de fondo de la pasividad sindical está en que el peronismo, como partido político pilar del capitalismo argentino, está de acuerdo en que “había que hacer algún tipo de ajuste”, que “había que hacer algún tipo de reforma laboral” (Cristina dixit), que “nos pasamos de rosca con la política de género y algunas políticas sociales”. Suscriben partes nodales de la agenda derechista, como recortar gastos “excesivos” del Estado, bajar el déficit fiscal y moderar “el discurso” en temas como el género. Acepta, por tanto, las premisas globales que la extrema derecha explota y lleva hasta el final. Y por lo tanto, en todo este año de gobierno de Milei no se les escuchó plantear ningún plan alternativo de gobierno, ni siquiera en los marcos del capitalismo.
Es que, de hecho, durante los gobiernos peronistas desde el 2003 en adelante se sostuvieron los pilares fundamentales del capitalismo semicolonial, aunque con algunas dosis de redistribución de la riqueza para calmar las aguas turbulentas que agitó la rebelión popular del 2001. No produjeron un proceso de reversión de la extranjerización de la economía, ni en la industria ni en el campo; mantuvieron los lazos de sometimiento del capital internacional mediante el proceso de pago y endeudamiento externo; en materia de salud y educación dejaron que continúe la proliferación de la gestión privada al calor de sostener una “oferta estatal” precaria y cada vez más destina a los sectores más pobres de la población. Y ni hablar en materia de relaciones laborales, en donde dejaron intacto las leyes de flexibilización laboral de los 90´, sostuvieron la precarización del empleo y condiciones de trabajo en negro para millones. En fin, bajo ninguno de los tres gobiernos peronistas desde el Siglo XXI se produjo una transformación social profunda, sino apenas tibias reformas sociales coyunturales que con el tiempo se degradaron y provocaron una enorme desilusión popular que empujó a millones a cuestionar el “progresismo peronista”, rebotando hacia las ilusiones reaccionarias de la extrema derecha.
Salir del “loop” capitalista luchando por el socialismo
Durante el Siglo XX, producto de enormes revoluciones sociales que recorrieron el mundo, el socialismo se fue gestando como una alternativa política superadora del capitalismo. Producto de la ofensiva capitalista de fines de los 80´ y 90´, de la bancarrota histórica del stalinismo y su colaboración con la burguesía en construir una idea burocrática y totalitaria del socialismo, la clase trabajadora se quedó desde entonces sin un proyecto de sociedad alternativo ni un programa político propio. En todo caso, durante las últimas décadas los trabajadores oscilaron en elegir entre distintas opciones políticas, algunas más conservadoras y otras más progresistas, que tributan dentro del sistema capitalista.
En el nuevo período político internacional, las formaciones políticas como la socialdemocracia europea o los partidos de centro-derecha están en una importante crisis de representación política. Si durante las primeras dos décadas del siglo en curso, la socialdemocracia tuvo como “competidor a izquierda” a expresiones como Podemos, Syriza, o el chavismo, o incluso el kirchnerismo en Argentina como variante “progresista” del peronismo, ahora la tónica de los asuntos viene más desde la derecha. Así, Trump copó por derecha al Partido Republicano, Vox avanza sobre las bases del PP, Milei sobre el Pro de Macri. Una expresión de la radicalización reaccionaria de las bases de los partidos políticos de centro-derecha que migran hacia los de posiciones más extremas.
Vemos entonces cómo en este nuevo período más polarizado cada vez sectores más amplios de la sociedad hacen su experiencia con nuevos dirigentes y partidos que prometen resolver sus problemas. Pero como la sociedad capitalista se está volviendo más invivible con la multiplicidad de crisis superpuestas que retroalimentan e intensifican los padecimientos de la población, recaen en una desilusión tras otra. Es ahí donde los socialistas revolucionarios tenemos que plantear la necesidad de romper con una suerte “loop” que se repite de partidos políticos que proponen variaciones dentro del capitalismo y ninguna solución estructural y duradera de los problemas, sino al contrario, un declinante proceso de agravamiento. Desde la nueva Organización Socialista de los Trabajadores (OST) apostamos a contribuir para sentar las bases para salir del “loop” que proponen los partidos del sistema y para eso levantamos con fuerza las banderas de la lucha por el socialismo, una perspectiva que urge volver a colocar en el horizonte de la humanidad.
Eric «Tano» Simonetti – OST









