La operación mediante la cual el gobierno de los Estados Unidos bombardeó Venezuela y secuestró a Nicolás Maduro y a su esposa la madrugada del 3 de enero se trata de la mayor ofensiva imperialista por parte de los yanquis en por lo menos dos décadas.
Si bien la acción militar sobre Venezuela fue un terremoto político a nivel regional y mundial, no se trató de un rayo en un cielo sereno: a todas las amenazas y provocaciones con las que EE.UU. ya venía anunciando una posible intervención se suma la confirmación, registrada por todos los analistas del mundo, de que la vigencia de las reglas del juego de la política mundial heredadas de la segunda posguerra mundial está en completa crisis.
De allí las numerosas definiciones, desde el campo crítico al accionar trumpista, acerca de que “el derecho internacional ha muerto”. En realidad, el “derecho internacional” nunca fue más que la traducción jurídica de cierta configuración específica de la dominación imperialista tras la II Guerra Mundial, y no un conjunto de reglas “neutrales” que todos los países debían acatar por igual. Cuando, tras un cambio de la situación, ese conjunto de reglas no sirve a los intereses de las grandes potencias imperialistas, simplemente las ignoran por completo. La prepotencia con la que se está manejando el gobierno de Trump los últimos meses es el mejor ejemplo de esto: antes que la escandalosa detención de Maduro, el derecho internacional yacía ya sepultado bajo toneladas de escombros en Gaza.
Revanchismo imperialista y desorden mundial
La injerencia de Estados Unidos en Venezuela, con el bombardeo y detención de Maduro viene a terminar de delinear lo que es la mayor ofensiva imperialista en por lo menos dos décadas. Luego de la declaración de “guerra contra el terrorismo” tras los atentados a las Torres Gemelas de septiembre de 2001, y las criminales invasiones en Afganistán (2001) e Irak (2003), el imperialismo norteamericano de la mano de Trump se embarca en una serie de intervenciones que constituyen su mayor nivel de injerencia desde entonces. Hace pocas semanas habíamos ya caracterizado esta política como de revanchismo imperialista, debido a la búsqueda deliberada por parte de la administración Trump de volver a poner a EE.UU. como el mandamás indiscutido del mundo frente al amenazante crecimiento de China y luego de largos años de importante declive político-económico del imperialismo con sede en Washington.
Pero lo de Venezuela no es solamente un paso más en esta orientación: es la primera vez que una potencia extranjera bombardea una capital de América del Sur. Y no es un dato menor, ya que el propio EE.UU., de manera más desembozada que nunca, afirma que todo este continente les pertenece, en lo que sí constituye un giro teniendo en cuenta que la política exterior de la Casa Blanca había estado mucho más ocupada por Medio Oriente que por Latinoamérica en las últimas dos décadas, parte de lo cual explica la creciente influencia comercial de China en la región, que ahora EE.UU. busca desbancar por las buenas o las malas.
Por eso, el ataque a Venezuela constituye uno de los objetivos primordiales de esta política, porque ataca directamente uno de los principales aliados políticos y comerciales de China en la región, busca restituir el control estadounidense sobre las ingentes reservas petroleras venezolanas, así como disciplinar a todos los demás países de la región que tengan o pretendan tener algún mínimo de acercamiento a la potencia asiática, o que no se arrodillen de manera incondicional a los dictados de Washington. Trump busca restituir la Doctrina Monroe en toda su extensión. Queda claro esta obsesión de Trump cuando, luego del ataque a Venezuela, arrojó amenazas a Colombia, México y Cuba, acusándolos de “narcoterrorismo”, al igual que a Maduro, al mismo tiempo que el Departamento de Estado debió salir a aclarar, por el bien del proceso judicial que le inician a Maduro, que el “Cartel de los Soles” no existía.
Esta grave injerencia imperialista en la región ya se venía aplicando también en Argentina, aunque no bajo el poder de las bombas sino el de los dólares: Trump salió al rescate político-financiero de Milei cuando el gobierno tambaleaba, e intervino de manera directa en el proceso electoral. Trump también lanzó con todo la guerra comercial contra Colombia y Brasil el año pasado, imponiendo duras políticas arancelarias a los dos gobierno menos alineados de la región, aunque luego hubo negociaciones. En el caso de Brasil, Trump afirmó entonces que imponía los aranceles en protesta por la condena por golpista a “su amigo” Jair Bolsonaro, es decir, por razones netamente políticas.
Esta ofensiva en Latinoamérica alimenta las tensiones mundiales que viene expresándose en las guerras, los genocidios, la desestabilización política, la precariedad social y la falta de futuro para generaciones enteras. Mientras Trump sigue echando más leña al fuego insistiendo con la anexión de Groenlandia (algo que incluso puede poner en cuestión a la OTAN como tal), el mundo transita la muerte del viejo orden y la conformación de un mundo nuevo, cuyos contornos todavía están lejos de delinearse debido a numerosas contradicciones de la situación mundial que continúan abiertas: la continuidad del genocidio en Gaza, pero también la respuesta creciente de solidaridad internacional como la huelga general de los trabajadores italianos; la persistencia de la guerra en Ucrania junto al rearme militar de las potencias europeas; por abajo, las oleadas de protestas que sacudieron el mundo el año pasado y que continúan hoy por ejemplo en Irán, donde está en jaque al reaccionario régimen de los Ayatolás, que responde con una salvaje represión. Esta tendencia a grandes protestas y conatos de rebelión –lo más progresivo de una situación mundial dominada por el polo reaccionario de la ofensiva imperialista- se registra también en los propios Estados Unidos, con el enorme estallido de bronca y movilización que generó el cobarde asesinato de una mujer en Minneapolis por parte de la policía migratoria de Trump.
Contra la intervención imperialista, huelga y movilización
La ofensiva yanqui en Venezuela pretende abrir una nueva etapa mucho más reaccionaria en un país que estuvo “a la izquierda” de todos los países de la región con choques directos con el imperialismo1 durante el auge de los progresismos latinoamericanos a principios de siglo. Mucho más que la experiencia del kirchnerismo en Argentina e incluso de Evo Morales en Bolivia, ni que hablar del lulismo en Brasil, el chavismo representó de manera cabal los alcances, pero también los límites del nacionalismo burgués. En un país inmensamente rico en petróleo e históricamente despojada su población de esa misma riqueza, el chavismo significó un proceso de reversión parcial de ese proceso, al mismo tiempo que no se subsumió (sin romper lazos económicos ni comerciales) al poder de EE.UU., rompiendo con una larga historia de gobiernos títeres del Departamento de Estado y las grandes corporaciones petroleras yanquis en Venezuela.
Pero, así como llegó a realizar algunas reformas parciales, con el correr de los años y sin encarar en ningún momento un proceso de verdadera ruptura con el imperialismo y la burguesía, sin apoyarse en la clase trabajadora sino, por el contrario, en la burocracia militar y estatal, el chavismo fue incapaz de transformar de raíz el carácter dependiente y atrasado del país. Así es que más de 20 años después de gobierno chavista, el país sigue siendo indiscutiblemente dependiente de la renta petrolera, es decir que no se llevó a cabo un verdadero desarrollo económico y social.
Más bien al contrario, aun en vida de Chávez y particularmente luego de su muerte y el ascenso de Maduro, el proceso político venezolano entró en una pendiente de decadencia sin fin, la burocracia militar-estatal se cerró sobre sí misma aferrada al negocio del petróleo, mientras que las masas populares fueron desmovilizadas y empezaron a sufrir las graves consecuencias del deterioro económico, entre la caída de los precios del petróleo y las sanciones comerciales del imperialismo. El resultado es harto conocido: Venezuela transitó años de hiperinflación galopante, falta de insumos básicos, salarios de miseria y una diáspora de 9 millones de venezolanos que abandonaron el país, que abonó a una profunda deslegitimación internacional de Maduro, sumado a la infinita campaña antichavista en los medios de comunicación del imperialismo. Asimismo, el chavismo fue tomando ribetes cada vez más autoritarios, persiguiendo y encarcelando opositores, muchos de ellos obreros y socialistas, que habían apoyado al gobierno de Chávez en sus primeros años o que fueron sus opositores por izquierda.
Sobre la base de esta profunda deslegitimación internacional se apoya ahora Trump para realizar el bombardeo y posterior detención de Maduro. Arrogándose el derecho de decidir quién puede o no puede gobernar en otro país como si fuera suyo, y argumentando abiertamente que el país está “bajo su administración”. Aun más descaradamente se expresó el Secretario de Estado, Marco Rubio, que se pasea por la TV yanqui anunciando que tienen el control del petróleo venezolano, echando por tierra la propia campaña pro-yanqui de los grandes medios de que la intervención de EE.UU. fue por la “democracia”.
Tanto no es así que el propio Trump se encargó de dejar pagando a María Corina Machado, y está negociando de manera directa con el gobierno chavista, ahora a cargo de la vicepresidenta, Delcy Rodríguez. Una voluntad negociadora del gobierno venezolano que habilita un escenario muy peligroso en el que se deje pasar una gravísima intervención imperialista militar de manera directa como no se veía en Latinoamérica desde la invasión a Panamá en 1989.
Además, esta acción yanqui sienta un precedente muy grave que busca disciplinar no sólo a Venezuela sino a toda la región de conjunto, forzando a que los gobiernos sean incondicionales a los dictados de Washington y poniendo a la enorme riqueza de este continente al servicio de las grandes corporaciones norteamericanas, es decir, más expoliación de los recursos y más explotación para los trabajadores.
Esta intervención yanqui en América Latina no se la puede aceptar. Se tiene y se puede derrotar si se abre un proceso de lucha y movilización de la clase trabajadora y las masas populares a nivel regional: con la huelga y la movilización popular se puede derrotar esta avanzada yanqui en la región, pero para eso las organizaciones sindicales de la clase trabajadora tienen que convocar una huelga general latinoamericana y un gran proceso de movilización exigiendo el retiro inmediato de los EE.UU. de Venezuela y su petróleo, el fin del bloqueo comercial y la liberación de Maduro. La clase trabajadora es la que puede abrir un verdadero sendero antiimperialista y socialista en Venezuela y en América Latina.
- Aunque el gobierno de Chávez no salió de los marcos del capitalismo semicolonial dependiente, la estatización del petróleo le generó choques con el imperialismo norteamericano que llevaron a que EEUU le diera un golpe de Estado en 2002, que fue derrotado con la movilización de masas. ↩︎








