“O tiempo o sangre: disyuntiva mortal”, decía León Rozitchner, intelectual freudomarxista argentino de la segunda mitad del Siglo XX, que aunque con una mirada algo unilateral, intentaba comprender la adhesión de militantes revolucionarios a la figura de Perón. Lo que nos interesa acá es indagar en esta tesis citada al principio, a fin de reflexionar sobre la actual crisis del peronismo y la salida conservadora que sus dirigentes le están dando, en tanto partido del régimen bajo este capitalismo en decadencia. 

Hace apenas unos días se cumplieron 50 años del golpe cívico militar y, junto al descontento popular con el gobierno de Milei y la política de una marcha unitaria, logramos la Plaza de Mayo más grande que se haya visto jamás por un 24 de Marzo. Se reivindicó ahí, en un documento unificado, a los 30.000 y sus banderas revolucionarias en lucha por un mundo sin explotación ni opresión. La semana anterior, Mariano Pacheco (escritor y militante de tradición peronista que participó en los acontecimientos de ​​2001) presentaba en La Plata su nuevo libro llamado Literatura y revolución. Allí, junto a otro de los panelistas, dijo que en cuanto a la memoria de la dictadura había algo así como una deuda pendiente respecto de cómo narrar lo ocurrido, y que era importante no sólo decir que muchos de los desaparecidos eran ​​militantes, sino sostener aún hoy sus banderas y por tanto, recuperar la palabra revolución.

Del Nunca Más a esta parte se construyó un relato donde la política opera bajo la dicotomía “dictadura o democracia” (guerra o paz, sangre o tiempo). Pero ese nunca más no sólo significa nunca más 30.000 detenidos-desaparecidos, sino que también incluyó un “nunca más la revolución”. Nunca más el cordobazo, el villazo, ese peronismo rebelde y montonero que isabelita persiguió, nunca más.

Cuando en la presentación de este libro también se mencionó y reivindicó al Argentinazo, me acordé de una conversación que días atrás había tenido con una militante peronista (de la Juventud Universitaria Peronista) durante el Congreso de la Federación Universitaria de La Plata. Luego de intervenir nuestra agrupación, se acercó y me dijo que ella estaba de acuerdo con que la lucha sea en las calles, pero que también era en las urnas. Como si ambas fuesen su estrategia. Cuando indagué un poco más, me dijo que las calles están para “desgastar al gobierno de cara a las elecciones”. La estrategia, entonces, son las urnas, le decía. No hay que confundir la táctica con la estrategia, el objetivo con el medio ¡Y ojo! cuando hay quienes lo confunden a propósito y pretenden hacer pasar una cosa por otra! 

Le dije que claro, cuando ella dice calle, no dice lo mismo que nosotros (los troskos). Que para nosotros las calles tienen que servir para derrotar hoy el plan de Milei. Hay un problema con el significante. Es decir, con la política. Ella me dijo “nosotros no queremos un nuevo 2001, no queremos muertos”. Yo le dije que nosotros tampoco queremos muertos. Cuando los hay, no es porque la izquierda o los luchadores los quieran, es porque hay una clase y un Estado con su aparato represivo, que te mata. Recordé así, la lamentable tapa de Clarín sobre los asesinatos de Maxi y Darío (“la crisis causó dos nuevas muertes”). Las palabras de la militante peronista eran peores: luchar causa muertes. ¿Esa es la conclusión que muchos sacan de lo que fueron los ’70 y también el 2001? Entiendo así mejor, lo que decía Mariano Pacheco, eso de reconsiderar bajo que ideas nos educaron acerca de lo que fueron los 70’. Esto es importante, porque de aquella conclusión, se extrae otra: no hay que luchar para derrotar en las calles al gobierno de ​​Milei. 

Sin embargo, ¿el tiempo (nuestro tiempo) evita la sangre?, ¿luchar en las calles pero “hasta ahí” para llegar pacíficamente al momento de las urnas evita la sangre y garantiza el triunfo posterior?, ¿sobre qué bases?  

León decía que cuando Perón elegía el tiempo sobre la sangre, elegía el tiempo que le aseguraba a su clase, la burguesa, poder dominar mejor sin perder el control. Y cuando hablaba de sangre, siempre la sangre estaba puesta del lado de la clase obrera. En realidad, dirá León, la sangre ahorrada (por el tiempo) fue siempre la de la clase dominante. “Por eso Perón nunca preparó a la clase obrera para la toma del poder real”. Recuerda así que, luego de Ezeiza, éste dirá: “quise evitarles la guerra civil”1. Lo que se evitó, fue la radicalización de un período pre-revolucionario, pero no el derramamiento de sangre. Apenas unos años después, sobrevendrá la persecución de la triple A a la clase obrera (peronista y de izquierda) y luego la dictadura genocida del 76’ que desaparecería a toda una generación revolucionaria y sentaría las bases del neoliberalismo. La guerra, entonces, sucedió, y ganaron ellos. 

Al mismo tiempo es importante entender algo muy elemental: muertos hay en tiempos de guerra y también en tiempos de paz. Rozitchner dirá “la violencia está presente tanto en la guerra como en la paz”2. En ese ya citado congreso estudiantil universitario, militantes de diversas agrupaciones peronistas mostraron un fuerte enojo cuando en la falsa asamblea que montaron para pintar un plan de lucha, un compañero de nuestra agrupación juvenil (CES – La Revuelta) dijo que no luchar hoy para ganar y esperar al 2027 implicaba recrudecer este presente de hambre y muerte que nos tuvo, en una misma semana, con dos noticias desoladoras: la del docente que, al no alcanzarle el salario, se vio subsumido al pluriempleo precarizado y fue asesinado trabajando de Uber, y la del trabajador que se incendió en una garita debido a su sueldo adeudado. Acontecimientos que también pasaron con la estrategia de “lucha para el desgaste y no para ganar”: aprobación de la Reforma Laboral y desfinanciamiento de la universidad pública.  

Nuevamente en el debate irrumpe esa disyuntiva mortal: sangre o tiempo. Lenin decía en 1914 (plena 1°GM, guerra inter-imperialista) algo muy también muy elemental al respecto: “Los socialistas han condenado siempre las guerras entre los pueblos como algo bárbaro y feroz. Pero nuestra actitud ante la guerra es distinta, por principio, de la que asumen los pacifistas burgueses (partidarios y propagandistas de la paz). Nos distinguimos de los primeros en que comprendemos el lazo inevitable que une las guerras con la lucha de clases en el interior del país, y en que comprendemos que no se puede suprimir las guerras sin suprimir antes las clases y sin instaurar el socialismo; también en que reconocemos plenamente la legitimidad, el carácter progresista y la necesidad de las guerras civiles, es  decir, de las guerras de la clase oprimida contra la clase opresora, de los esclavos contra los esclavistas, de los campesinos siervos contra los terratenientes y de los obreros asalariados contra la burguesía”.  

De la cita anterior de Rozitchner y de Lenin se desprenden dos cuestiones: por un lado, la falsedad y utopía de pensar la posibilidad de que no haya sangre bajo el capitalismo (tanto en tiempos de guerra o de paz, basta mirar lo que hacen los yanquis e Israel hoy con el mundo); y por otro lado, que hay guerras justas. Las guerras civiles (esa nombrada más arriba, que Perón intentaba con Ezeiza evitar), que no están destinadas a triunfar, pero que si triunfan, abren caminos y nuevas libertades para los oprimidos. No es una novedad todo esto, obviamente es la teoría de Clausewitz, que en palabras de León Rozitchner entendía bien lo que Marx y Freud sostenían. Eso de que lo que hay en el fundamento, es pugna.  

Pero la ideología aparece para encubrir estas dos verdades. Parafraseando a Macedonio Fernandez, León dirá: “no todo es vigilia la de los ojos abiertos: soñábamos despiertos”3. ¿Qué quiere decir ello? Que compramos una ilusión (o nos la vendieron). La que nos muestra a la guerra como horrible y extraña. Es decir, Irán. Pero también, al pueblo negro y villero de las barriadas que salían a saquear. Al trabajador despedido que tiraba piedras en la plaza junto a miles mientras De la Rúa escapaba. A las abuelas y madres de Plaza de Mayo que marchaban con una bandera al grito de ¡no al pago de la deuda externa! y enfrentaban a los caballos de la federal y se ponían delante del pueblo insurrecto para protegerlo de los palos y las balas.  

Ahora bien, ilusión está no sólo en que demonizamos nuestra violencia (que no es violencia, es justicia), sino que (insistimos) invisibilizamos la sangre en tiempos de paz/tiempo. Dice León, “la violencia estaba presente ya”. Siguiendo el ejemplo del 2001, presente en los miles de muertos por desnutrición infantil, récord en los ‘90. En la creación de una nueva categoría sociológica incorporada al censo: indigencia. En la ola de suicidios que le sigue a toda ola de despidos. En la Obediencia Debida y el Punto Final. Etc.   

Dicho todo esto, se abre aquí otra dimensión del debate en la disyuntiva sangre-tiempo. Y es que el problema de no mirar a la verdad de frente, es que la verdad tarde o temprano emerge; pero si te agarra a des-tiempo, emerge de peor manera. “La paz era una ilusión, y de la ilusión de la paz, nos despertó el terror”. Acá León hace referencia a la dictadura genocida que sobrevino al reto de Perón a los jóvenes imberbes en Ezeiza.  

Pensando esta frase a la luz de nuestros días, nos preguntamos: ¿es que acaso se puede desgastar a un monstruo que nos dice que si no tenés plata, siempre está la opción de cortarte un brazo y venderlo? ¿Se puede acaso desgastar a un monstruo mayor que bombardea pueblos oprimidos, secuestra presidentes y comete genocidios en nombre de la paz? ¿No será ese tiempo, nuestro tiempo, el que les damos… no un tiempo para un futuro mejor, sino para que despierte un terror aún peor que el presente? En la política el tiempo lo es todo, pero para usarlo, no para dejarlo correr. No sólo el tiempo que le demos a la clase dominante para conservar la paz encubre la sangre actual, sino que no nos lleva a asegurar la “paz” futura, (¿volver mejores?), sino a tiempos de mayor sangre, nuestra sangre. Baste decir que el capitalismo imperialista prepara una nueva guerra total en el siglo XXI y que la tranquilidad de los oprimidos sólo genera mejores condiciones para esos tiempos.  

Algunas cuestiones finales aclaratorias. La lucha de los ‘70 y el 2001 no fue fundamentalmente “sangre”. Si bien aquí intentamos contribuir al debate en torno a esta dimensión. Pero es fundamental decir que cuando la lucha es de los explotados y oprimidos, es mucho más que eso. Las luchas de los ‘60, ‘70 y 2000 fueron un encuentro. Fue dignidad. Fue alegría (esa foto de la 9 julio de 2001 con argentinos y sus brazos en alto, de festejo porque habíamos vencido y De La Rúa se iba en helicóptero). Fue reconocernos como clase. Como clase que puede. Puede dirigir fábricas si quiere (es la que mejor las conoce). Puede discutir política. Puede llevar a cabo acciones. Puede juntarse en ronda. Puede organizar una olla popular en el barrio y hasta discutir cómo hacer para que nuestras pibas (como se hizo en el 2001) dejen de morir por abortos clandestinos, ya que las pobres morían y las ricas pagaban. Puede incluso, si quiere, decidir quién es gobierno y quién no. Cuando ella misma lo decida. Puede ser desaparecida y también puede cerrar un ciclo reaccionario en nuestro país. 

La historia no siempre se repite, pero ojalá que en este tiempo nos encuentre despiertos y reivindicando las banderas de los 30.000 y la rebelión popular del 2001, para enfrentar a Milei, ponerle un freno y generar condiciones para cambiar la sociedad de raíz.


  1. León Rozitchner, “Perón, entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política”. p. 301. Buenos Aires. ↩︎
  2. Ídem. p. 96.    ↩︎
  3. Ídem. p. 101.  ↩︎

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