El escenario de la lucha de clases internacional está atravesando enormes mutaciones. Es bastante compartida la afirmación de que ya nada es como fue durante las últimas décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Si el mundo que conocimos fue producto de la última gran guerra imperialista y la restauración capitalista en China y Rusia, el que estamos viviendo ahora está atravesado por un proceso de desintegración y de lucha mundial por una nueva configuración. A continuación, analizamos los puntos de inflexión y los nuevos elementos dinámicos de la situación política internacional.
1. El revanchismo imperialista de EEUU
El regreso de Trump al poder es el elemento más disruptivo de la situación de la situación internacional por el giro que ha impuesto a la política exterior de EEUU y su impacto mundial. Desde la OST, en nuestro Plenario de diciembre de 2025 definimos al gobierno de Trump como de “revancha imperialista”, en el sentido que viene a buscar re-conquistar posiciones en el escenario internacional luego de décadas de retroceso significativo. Un giro que viene produciéndose de forma gradual desde el gobierno de Obama, donde EEUU comenzó a ver con preocupación el crecimiento de la presencia de China en el mundo. Pero ahora, bajo el segundo mandato de Trump implica que, para el imperialismo norteamericano, el gigante asiático, ha pasado a ser considerado el principal adversario estratégico mundial.
Un cambio de frente de importancia en lo que hace a las rivalidades internacionales: se ha pasado de considerar a Rusia como un enemigo a expulsar de Ucrania, a ensayar la negociación de un nuevo reparto en sus pretensiones de anexión territorial. En lo que hace a la puja mundial entre grandes potencias, el enfrentamiento entre EEUU y China opera como un parteaguas respecto al siglo pasado, inaugurando una nueva época. Bajo este nuevo enfoque de la geopolítica imperialista de EEUU es que se ubican sus apelaciones directas al uso de la fuerza militar para imponerse por la vía de los hechos, como ha sucedido en enero con la incursión en Venezuela para secuestrar a Maduro, y en febrero en Irán con asesinato de Alí Khamenei y la guerra imperialista desatada hasta el presente.
2. Una nueva época de guerras
La creciente pelea entre potencias mundiales es la expresión de grandes capitales que compiten por el control de mercados, recursos naturales, rutas comerciales y dominios territoriales. La intensificación de esta competencia lleva a choques de todo tipo e incluso a guerras de menor a mayor escala. Se trata, como definía Lenin, de guerras imperialistas con el sólo objetivo de aumentar el poderío de un sector de los capitalistas contra otros.
Cuando esas peleas hacen chocar de forma directa a una potencia imperialista contra otra las definimos como guerras inter-imperialistas. Los socialistas revolucionarios las rechazamos de cuajo, sosteniendo una política de oposición activa internacional. Es lo que históricamente llamamos “derrotismo revolucionario”, o en palabras de Karl Liebknecht, una política de “guerra a la guerra”. Entendemos que la clase trabajadora no tiene que apoyar a ningún bando imperialista; de lo contrario se convertiría en carne de cañon de un sector capitalista contra otro. Fue con esta política internacionalista que el Partido Bolchevique trazó la línea directiva de “transformar la guerra imperialista en guerra civil” que condujo a la Revolución Rusa y mantiene plena vigencia en un mundo donde se intensifican los choques entre las grandes potencias como EEUU, Rusia, China y sus socios respectivos socios menores.
Pero al calor de las pujas imperialistas, las potencias avasallan a los pueblos del mundo y su derecho a la autodeterminación, que se trata de un derecho democrático elemental a la libre elección de sus gobiernos. Por eso los socialistas revolucionarios rechazamos toda injerencia imperialista sobre las naciones coloniales, semicoloniales y dependientes. Los casos recientes de Venezuela, Groenlandia, Cuba e Irán son expresiones de este tipo de agresiones imperialistas que van desde el bloqueo económico, el ataque militar, el bombardeo e incluso la invasión directa buscando doblegar la voluntad de un Estado. En todos estos casos, desde la OST llamamos a la derrota política y militar del imperialismo y defendemos al derecho del Estado atacado a recurrir a defenderse por todos los medios. Sostenemos, en estos casos, la política que desarrolló Trotsky en una entrevista en 1938 con el obrero argentino Mateo Fossa, donde planteaba:
“En Brasil rige actualmente un régimen semifascista que cualquier revolucionario no puede sino considerar odioso. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entrase en conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicará la clase obrera en ese conflicto? En este caso, personalmente estaría yo del lado del Brasil «fascista» contra la Inglaterra «democrática». ¿Por qué? Porque no se trataría de un conflicto entre democracia y fascismo. Si Inglaterra triunfara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría a Brasil con dobles cadenas. Por el contrario, si Brasil triunfara, la conciencia nacional y democrática del país cobraría un enorme impulso y llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un duro golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés.”
Pero defender a una nación oprimida no implica darle apoyo político al gobierno que esté el frente del Estado. Como organización socialista y de la clase trabajadora, tiene que guiarnos una completa y principista independencia política de clase frente a todos los gobiernos capitalistas. Y desde esa independencia alentar, al mismo tiempo, la movilización de los trabajadores en contra de las políticas antiobreras que esos gobiernos de las naciones oprimidas tienen contra la clase trabajadora. En Irán, desde ya, defendemos el derecho a la defensa frente al bombardeo imperialista y en paralelo llamamos a la más amplia organización y lucha contra el régimen dictatorial de los Ayatolas.
3. La guerra caldea la lucha de clases
La guerra entre EEUU-Israel e Irán no está saliendo para nada como quería el propio Trump, lo que podría provocar un nuevo desastre militar y político para el propio EEUU. De continuar y profundizarse el enfrentamiento, las previsiones de la guerra serían completamente inciertas desde el punto de vista político, en el sentido de que podría escalar y desencadenar un guerra regional e incluso internacional, provocando el ingreso cada vez más directo de otras potencias imperialistas.
Pero lo que a esta altura de la guerra ya es una certeza es su impacto económico directo. En su último informe el FMI señala que “aunque la guerra podría moldear la economía mundial de diferentes maneras, todos los caminos conducen a precios más altos y a un crecimiento más lento”. Así, el escenario para el próximo período implica dos cosas: que la inflación global aumentará, como ya se expresa en las subas de más del 20% del precio del petróleo y los combustibles, y que el riesgo de recesión crece considerablemente.
Como no podrá ser de otra manera, la suba de precios y la caída de la economía, afectará directamente la vida de millones de trabajadores en todo el mundo, profundizando sus padecimientos sociales. Un verdadero fogonazo sobre sus condiciones de vida y por tanto también un aliciente para la dinámica de rebeliones y grandes protestas sociales que atravesaron varios países del mundo durante el 2025 y que arrancó con 2026 con la enorme rebelión de masas en Irán, brutalmente sofocada por la represión del régimen contrarrevolucionario de los Ayatolas.
Que la guerra funcione como atizador de la lucha de clases podemos verificarlo en dos sentidos. Por un lado, como señalamos, por su impacto económico directo: la vida se vuelve peor para millones. Pero hay otro lado más político. Los trabajadores, los jóvenes y el movimiento de masas en general comienzan a percibir como sus gobiernos, todos de carácter capitalista, orientan cada vez más los recursos económicos de sus Estados hacia la industria armamentística y reducen las prestaciones sociales. Es decir: se ve cada vez con mayor nitidez que se trata de guerras de rapiña, que masacran a miles y tienen como objetivo el sometimiento de otros pueblos. Una evidencia que tuvo su punto más alto de toma de conciencia y organización en la gran huelga general que paralizó Italia en octubre de 2025 contra el genocidio al pueblo palestino en Gaza.
Se trató de un evento de la lucha de clases de carácter histórico y el más progresivo de todo el 2025 por tratarse de una acción realizada por la clase obrera, radicalizada (por la paralización de los puertos y gran parte de ramas productivas y de servicios), que emergió desde sectores de base e independientes, que se hizo desde un país imperialista (con lo que impacta por el poder mundial que tiene esta nación), y lo más novedoso en décadas: se hizo por la causa de un pueblo oprimido, algo altamente progresivo. Una acción que se parece más a las propias del Siglo XX, cuando la juventud de los países imperialistas se levantaba contra la guerra de Vietnam.
4. Construir partidos socialistas revolucionarios
La persistencia del malestar entre amplias capas de la población mundial está erosionando la capacidad de los partidos tradicionales de la burguesía para contener la representación política de los explotados y oprimidos. Es un fenómeno global pero que ha venido acentuándose en algunos países y regiones más que en otros. En un primer término, desde hace una década aproximadamente, este descontento viene siendo capitalizado en el terreno político, por formaciones políticas de extrema derecha. Trump es la expresión más elocuente de esto.
Pero al calor de la intensificada crisis de representación y que las experiencias de extrema derecha no sólo no resuelven los problemas de masas, sino que los profundizan con sus políticas de ajuste, comienzan a emerger expresiones políticas a izquierda. Aunque aún la polarización política actual sigue siendo asimétrica (es más por derecha que por izquierda), el rebote polar está teniendo algún lugar en la realidad. Y esto va desde expresiones ultra reformistas como Mamdani en New York, hasta el crecimiento de la legitimidad política del trotskismo en Argentina.
La cuestión entonces es como aprovechar de forma constructiva esta nueva “ventana” que se abre para transformar esta nueva sensibilidad hacia la izquierda en organización política. En primer lugar, desde la OST sostenemos que el principio rector sigue siendo la puesta en pie de partidos socialistas revolucionarios en todo el mundo basados en la clase trabajadora y la juventud. Organizaciones que tengan como principio la independencia política de clase, la constitución de la clase obrera como sujeto revolucionario, la estrategia de la Revolución Permanente, el impulso de la organización clasista en los sindicatos y organizaciones de masas, la unidad de acción en la lucha de clases. Que combinen la lucha contra el capitalismo con la lucha contra el imperialismo, la solidaridad internacional, la oposición a las guerras imperialistas y la defensa del derecho de las naciones oprimidas a defenderse de las agresiones imperialistas. Que se solidaricen con las causas de los pueblos oprimidos y con el derecho de sus naciones de la autodeterminación nacional.
En esta nueva época de desintegración del viejo orden mundial del Siglo XX, las condiciones de vida de millones irán profundizando su búsqueda de una verdadera alternativa de poder de la clase trabajadora. La tarea actual, entonces, estriba en proseguir con los esfuerzos para ir reconstruyendo la perspectiva socialista en este nuevo siglo que se está abriendo paso.
11 de abril de 2026 – Buenos Aires, Argentina.








