En estos momentos, en Cuba se vive una de las crisis sociales más duras que le ha tocado padecer a su pueblo en décadas. Desde los largos apagones eléctricos que dejan la isla completa sin luz hasta 22hs al día hasta el faltante masivo de insumos médicos en los hospitales, la vida cotidiana se ha vuelto una odisea cada vez peor desde que Trump impuso una política criminal de bloqueo al envió de combustible. Esta situación golpea sobre un fondo de desigualdad social que ha crecido en los últimos años producto de las políticas de restauración capitalista que viene aplicando el gobierno. Sobre este cuadro de gravedad, en los últimos días EE.UU. ha redoblado su ofensiva con amenazas de invasión, lo que ha puesto en estado de alerta al gobierno y a la población cubana y por extensión, a todos los que en el mundo nos ubicamos del lado de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos.

Actualizar la revolución socialista  

Escribir sobre la historia de la revolución cubana será siempre un gran desafío político. No sólo porque se trata de exponer los acontecimientos que llevaron a la primera y única gran derrota de los capitalistas en América Latina sino, sobre todo, por la variada gama de interpretaciones políticas que despertó y sigue despertando esa formidable gesta histórica. De ahí que el libro “Cuba: una historia crítica”, de Frank García Hernández, compañero militante marxista cubano, tiene un valor fundamental: vuelve a colocar sobre la mesa el debate sobre la revolución cubana y el socialismo. La aparición de esta obra se vuelve una herramienta para que las nuevas generaciones tomen interés, bastante opacado en los últimos años, sobre los destinos del pueblo cubano y la fuerte encrucijada histórica que tiene sobre su presente inmediato.  

Tal como señala su autor, participe de las ya históricas movilizaciones populares del 11 de julio de 2021 cuando miles de cubanos salieron a las calles reclamando mejoras de sus condiciones de vida, Cuba está viviendo una encrucijada. Durante los últimos años la dirección política del Partido Comunista de Cuba (PCC) ingresó de forma cada vez más intensa en un proceso de restauración capitalista, centralmente por medio del fomento del turismo y la gastronomía privados. Esta dinámica implicó el resurgimiento de una nueva burguesía que va ganando en posiciones para pujar por convertirse en clase dominante y reintroducir de forma completa el capitalismo en la isla. De ahí que, en la actualidad, Cuba esté bajo un peligro inédito: que la brutal crisis social, económica y política, quintuplicada en los últimos meses y semanas por el imperialismo de Trump, sea aprovechada para tirar abajo todo lo que aún sigue en pie producto de la revolución y se ingrese en una lisa y llana “vía al capitalismo”.  

Sin embargo, con su publicación, el libro busca aportar en un sentido opuesto. El análisis crítico de la revolución cubana se coloca como un aporte para relanzar el socialismo revolucionario en la isla; esto es, la perspectiva del verdadero comunismo, del gobierno de la clase trabajadora y los campesinos, de la autodeterminación de las masas por medio de sus propios organismos de poder, en oposición a la burocracia del PCC, que es la principal fuerza política local en impulsar la restauración burguesa.  

Hoy en día, a pesar de que la palabra “socialismo” esté intrínsecamente asociada a la política de la burocracia del PCC, el libro se constituye como una herramienta para forjar una nueva corriente política marxista revolucionaria en Cuba que, partiendo de la defensa del carácter estatal de los medios de producción, la independencia política con respecto al imperialismo y algunos derechos sociales (aunque hoy devaluados), puede ser un punto de apoyo para reconstruir el sentido profundo del socialismo como la emancipación política de las y los trabajadores.  

De la revolución al intento de restauración 

El libro expone una mirada de la historia política de la revolución cubana desde una nueva óptica que, claro está, se encuentra en las antípodas de la versión que la clase capitalista internacional ha tratado de introducir en la conciencia popular: aquella que sostiene que en Cuba se vive una dictadura y que el socialismo llevó al desastre social y económico al país. Sin embargo, la obra también se aleja de las miradas acríticas que, desde el PCC y la izquierda populista latinoamericana, construyeron en su momento una idea de Cuba donde en todo caso, no ha podido estar en mejores condiciones económicas y sociales sólo y exclusivamente por la acción del bloqueo económico, desligando a la burocracia gobernante de toda responsabilidad política en los asuntos del país.  

En cambio, el aporte de García Hernández ubica a la historia de la Revolución Cubana como un Estado y un gobierno que, tras haber hecho la primera revolución que expropió a la burguesía en América Latina, fue ensayando distintos “modelos de socialismo” según cada momento histórico, pero, que ha adolecido, desde sus inicios, de un verdadero y efectivo gobierno de la clase obrera y las mayorías populares.  

Recapitulando el itinerario que realiza el libro, este se inicia por el relato de cómo una dirección política, la del Movimiento 26 de Julio, que tenía un programa de reformas nacionales y sociales, se fue transformando a lo largo de los meses en una dirección revolucionaria que terminó por expropiar los medios de producción a los capitalistas e intentó edificar un nuevo tipo de sociedad en un pequeño país frente a las costas del principal imperialismo del mundo.  

Un proceso de radicalización bastante atípico para un grupo político que ya había tomado el poder y, por lo tanto, importante de explicar para comprenderlo tanto como parte de un contexto epocal como en su especificidad como revolución novedosa en América Latina, puesto que, a diferencia de otros procesos nacionalistas de la región que nunca se plantearon romper con el capitalismo, este caso marcó la diferencia. En relación a esta ruptura con el capitalismo, en el libro se señala que: 

“Fidel Castro estaba en el dilema de querer el apoyo de la burguesía para realizar una revolución burguesa que, de consumarse, inevitablemente afectaría los intereses de la burguesía. Ese ha sido el gran dilema del nacionalismo burgués en el llamado Tercer Mundo o Sur Global. Llegado el momento más radical de la revolución, el programa nacionalista choca con la burguesía. Los líderes de la revolución, en el caso de ser solamente nacionalistas, intentan conciliar hasta último momento y, o terminan traicionando a la revolución o son derrocados por golpes militares. (…) Fidel Castro, por el contrario, decidió ir más allá: decidió llevar su programa de justicia social enfrentando a la burguesía”. (p. 36).  

Esta decisión de carácter político no sólo fue producto de la presión de las masas, como muchas veces se ha querido explicar la radicalización de la revolución cubana, sino también como producto de una orientación política consciente que fue asumiendo la dirección de la revolución. ¿Podría haber tomado otra decisión ante la presión que venía desde abajo y la intensificación de la lucha de las clases? Definitivamente. De hecho, eso fue lo que sucedió en otros tantos gobiernos del mundo que llegaron al poder y terminaron capitulando ante la presión de la burguesía.  

En este primer momento la revolución aparece haciendo emerger un tipo de régimen “creado sobre su propia impronta, donde del nacionalismo se avanza hacia el socialismo” pero diferenciándose del “modelo soviético”. Una insistencia por desmarcarse del proyecto político de la URSS que estaba atravesando lo que se conoce como “desestalinización”; esto es, el proceso que, tras la muerte de Stalin en 1953, la burocracia del PCUS hace para buscar relegitimarse y perpetuarse en el poder. Cuba, entonces, se constituiría como un proyecto de tipo socialista pero no bajo los parámetros de la URSS, sino atendiendo las particularidades nacionales del propio país.  

Sin embargo, la idea de tener un rumbo independiente de la URSS llega a su fin tras la crisis política que se originó producto del fracaso de la “Zafra de los diez millones”, cuando el gobierno volcó ingentes recursos económicos y humanos a la producción azucarera para venderla a la Unión Soviética. Según García Hernández “el año 1970 cayó como machetazo contra Cuba: la economía quedó destrozada después de paralizarse todo por el afán de lograr la producción de diez millones de toneladas de azúcar” (p. 137). Un intento que terminó en un fracaso desde el punto de vista del objetivo planteado pero que logró llegar a los 8,5 millones, todo un récord histórico comparado con el máximo alcanzado de 7,2 millones en 1952. Sin embargo, esto tensionó al máximo las fuerzas productivas de la isla y como había girado prácticamente todo a ese objetivo, provocó todo tipo problemas en el resto de las áreas, retrocediendo el resto de la economía alrededor de un 20%. Tras una década de negarse a establecer lazos de mayor dependencia con la URSS estalinista, Fidel Castro resuelve un giro histórico: integrar a Cuba a la CAME, el Consejo de Ayuda Mutua Económica, controlado la URSS.  

Este giro no se limitó a un acuerdo comercial para sobrevivencia de la isla, sino que fue una declaración de que el proyecto político del “socialismo cubano” pasaba a ser parte de la órbita política de la burocracia estalinista ahora comandada por Brézhnev. El modelo de “socialismo ruso” se imponía de punta a punta en la isla y se podía divisar en cada aspecto: una fuerte censura a los intelectuales críticos de izquierda, en la política educativa, el crecimiento del viejo partido político PSP estalinista en las esferas de poder del Estado, y más adelante, en 1976 con la aprobación de una nueva Constitución donde se dejaba constancia “desde el preámbulo mismo que el gobierno cubano estaba “guiado y apoyado (…) por la Unión Soviética” (p. 144). Además, se derogaban los artículos que permitían la existencia de distintos partidos políticos y se imponía el régimen de partido único.

Esta integración al bloque estalinista introdujo a Cuba definitivamente en el modelo de un régimen político y social que no tenía nada que ver con un socialismo comandado por sus trabajadores. Sin embargo, al contar con los ingentes recursos económicos que le proporcionaba Rusia, le permitió a la isla un oxígeno de importancia que le ayudó a salir de la crisis. Así, García Hernández describe los años que van desde 1975 hasta 1989 como de una mejora significativa de las condiciones de vida de la población, hecho que ayudó a dotar de legitimidad el nuevo curso político.  

Pero la bonanza económica de esos años no fue aprovechada para impulsar un desarrollo de las fuerzas productivas que le permita dotar a la isla de un aparato industrial, al menos, de considerable y relativo tamaño regional, sino que se sostuvo una matriz económica centrada en la producción y exportación de azúcar. El resultado fue que “los niveles de dependencia de Cuba con respecto a la URSS eran estructurales, llegando a configurar entre 1976 y 1989 el 66% del intercambio comercial entre ambos países” (P. 166). Una realidad que llegaría a su fin con el inicio de la restauración capitalista en Rusia y que pondría a Cuba en una verdadera penuria económica durante toda la década de los 90.  

La descripción que se hace en el libro de la Cuba de fin de siglo es demoledora: “un país fantasma, con tiendas vacías, crisis alimentaria y energética, traducidas en largas colas para comprar algún vegetal y cortes de electricidad diarios que podían superar las doce horas sin electricidad…” (P. 168). Un cuadro de gravedad que sería abordado con las primeras políticas de apertura hacia el capital privado transnacional, la despenalización de la tenencia de dólares con la entrada de remesas de las familias del exterior, el fomento de turismo, el cuentapropismo, etc. Por primera vez, desde que había sido expropiada a la burguesía y se había prohibido la propiedad privada, se iniciaba un proceso que sintonizaba con la época de restauración capitalista en Rusia, China y demás países del llamado “bloque socialista”.  

Sin embargo, este proceso de apertura será focalizado y acotado, y la llegada al poder de Chávez en Venezuela en 1999 le permitiría al gobierno cubano volver a dotarse de un aliado internacional de importancia. A cambio de miles de litros de barriles de petróleo por día, Chávez recibía no sólo médicos y profesionales formados por las universidades de alto nivel de Cuba, sino también una fuerte cobertura ideológica de la mano del ahora llamado “Socialismo del Siglo XXI”, donde “si Cuba volvía a ser atractiva para amplios sectores de la intelectualidad izquierdista era porque, en los hechos, funcionaba como la orientadora ideológica del proceso político dirigido por Hugo Chávez llamado Revolución Bolivariana” (P. 181).  

Al entrar al siglo XXI, el gobierno cubano ensayaría lo que hasta los días de hoy sigue sus preceptos políticos y económicos: el intento de reconstruir una nueva burguesía en la isla bajo los pasos del “modelo socialista chino”. Esto es, una importante incursión del capital privado internacional bajo un fuerte control del Estado comando por la burocracia y las Fuerzas Armadas. Como ya había insinuado en los 90´ con la inversión capitalista en la “industria del turismo”, esto se volvería una realidad pujante y principal motor de generación de divisas. El punto de inflexión de esta dinámica estaría dado en el VI Congreso del PCC en abril del 2011 cuando se aprueba la “actualización del modelo económico”, esto es, las bases legales para reintroducir la propiedad privada y el inicio del resurgimiento de una nueva burguesía. En este aspecto es inquietante cómo el libro expone el desarrollo de esta nueva clase capitalista, y cómo fueron creándose las bases sociales para la constitución de una oposición política reaccionaria; esto es, que presiona por una completa restauración capitalista.  

Por último, el libro relata el brutal golpe que la pandemia propinó a la isla, produciendo una caída colosal del turismo, su principal fuente de dólares. Desde entonces, se ha ingresado en una larga crisis económica que el gobierno se ha limitado a intentar paliar tomando centralmente medidas que tienden más a “liberar las fuerzas productivas”, es decir, a mayor apertura económica, lo que ha redundando en mayores grados de pobreza y desigualdad social.  

Un corolario de medidas de corte “liberal” que derivaron en las masivas protestas populares del 11 de Julio de 2021 donde miles de cubanos salieron a las calles por motivaciones sociales. Desde entonces, el libro relata cómo una nueva generación de activistas y militantes se van constituyendo como una oposición política de izquierda, es decir, que se opone a las políticas de ajuste del gobierno cubano, rechaza todo intento de regresión al capitalismo y rechaza la injerencia imperialista para restaurarlo de la mano de la naciente burguesía nativa.  

Crítica socialista y defensa frente al imperialismo 

Recapitulando, la historia oficial de Cuba se ha presentado como el intento de “construir el socialismo” ensayando distintos modelos y adaptándose y actualizándose a las necesidades de cada momento histórico. Pero el libro se muestra crítico del discurso gubernamental y deja claro que, a pesar de la retórica oficial, nunca hubo una verdadera democracia socialista donde los trabajadores pudieron dirigir la economía y el Estado cubano.  

En la construcción del socialismo no se trata de sustituir en el poder a la clase capitalista por una burocracia que dirija a las y los trabajadores, como pasó bajo el estalinismo, el maoísmo y el castrismo. El marxismo revolucionario busca algo muy distinto: que una vez llegada al poder, la clase trabajadora comience la lucha por una transformación profunda que tenga como objetivo una sociedad sin clases sociales, sin explotación económica del trabajo ni privilegios sociales, de casta o de género. Siguiendo las enseñanzas de Lenin y Trotsky, quienes vivieron en cuerpo y alma una de las principales experiencias revolucionarias de la historia, entendemos que una sociedad nueva y socialista, tiene que basarse en algunos fundamentos sociales y políticos.  

El primero y central, que sea la clase trabajadora la que se haga del poder económico y político de la sociedad, y sobre la base de este empoderamiento emprender un camino de transformación que dé inicio a una transición al socialismo. Este proceso tendrá avances y retrocesos, triunfos y derrotas pero que, de conjunto tiene que tener como preocupación política central el que sea mediante la participación real, lo más democrática y amplia posible, con el mayor grado de conciencia, de las y los trabajadores.  

La segunda cuestión es que la clase trabajadora no hace la revolución de forma espontánea. Es decir, no realiza de un día para otro la toma del poder político, la expropiación de los medios de producción y la posterior transformación de las relaciones sociales en un sentido socialista, sin una preparación política previa. Necesita movilizarse, politizarse, probarse en la lucha y dotarse de organizaciones de poder propio, como los soviets en Rusia, esto es, instancias de poder colectivas, amplias, democráticas y que concentren a grandes capas de la clase para que desde allí puedan ejercer su voluntad y aplicar su programa político revolucionario. Pero además de estos organismos amplios y masivos se necesita un partido que pueda agrupar a la vanguardia política y cumpla un rol político dirigente.  

Una revolución con estas características no sucedió en Cuba: no fue la clase trabajadora la que tomó el poder ni la que se hizo con el control efectivo de la economía y el Estado. En primer lugar, no hubo organismos de ejercicio del poder propio que actúen como fuerza cohesionada de la clase trabajadora, como sujeto político con determinación y acción propia. La revolución fue hecha por un movimiento político de sectores urbanos de la pequeña burguesía revolucionaria (el Che Guevara lo refería como un movimiento policlasista) que, primero tomó el poder y convocando a las masas fue derrotando el aparato militar del Estado burgués y tras un tiempo gobernando, avanzó sobre los medios de producción de la clase capitalista.  

Una revolución así, por tanto, no dio a luz un Estado donde la clase trabajadora sea la clase dominante, la poseedora efectiva de los medios de producción. Porque ¿cómo una revolución donde la clase obrera no tuvo un papel político dirigente podía constituir un Estado de semejante naturaleza social y política? En todo caso, en Cuba, quien se constituyó como la poseedora efectiva y dirigente del proceso social, económico y político de la nación fue el personal político que hizo la revolución, esto es el movimiento guerrillero del Movimiento 26 de Julio y la burocracia estatal que se estructuró en las ramas de la economía y el ejercicio directo del poder del Estado.  

Por eso en Cuba hay una tarea histórica por resolver: una revolución social y política de la clase trabajadora. “Social” en el sentido que lleve al control y administración real por parte de la clase trabajadora de las ramas de la economía y “política” en el sentido que la haga dirigente del aparato administrativo y armado del Estado. No se trata sólo de una mayor “democracia política”, sino que, como base para esa “democracia” se requiere que el poder real y concreto de los medios de producción esté verdaderamente en manos de los trabajadores.  

Y de la mano de ir construyendo la perspectiva estratégica de un verdadero gobierno de los trabajadores, hoy se coloca como tarea candente la defensa de Cuba frente a la agresión imperialista de EEUU. Una tarea que requiere organizar la más amplia solidaridad internacional y la defensa del legítimo derecho del pueblo cubano a su autodeterminación como nación. Un camino que en Argentina comenzamos a recorrer con la puesta en pie del Comité Independiente de Solidaridad Obrero-Estudiantil con Cuba.  

Finalmente, el libro de García Hernández puede ser un punto de partida para explorar las persistentes luchas que las clases oprimidas han dado en nuestro continente para intentar ir más allá del capitalismo, para terminar con la explotación, con la opresión, con siglos de sometimiento. Pero también puede ser un insumo para alimentar, con esas ideas, las tenaces luchas por la emancipación que, como en Bolivia, vemos hoy en las calles del mundo.

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