El reclamo de las universidades acaba de sufrir un golpe en la cara: por medio de un acuerdo político entre el gobierno de Milei, los rectores del CIN, las conducciones sindicales peronistas de la CONADU, la FATUN y la agrupación radical, Franja Morada, que conduce la FUA, resolvieron buscar “cerrar el conflicto” mediante la firma de un “acuerdo” que no llega ni a la mitad de lo que consideraba la Ley de Financiamiento Universitario. Se trata de un pacto negociado por detrás de los trabajadores y estudiantes, que está muy lejos del reclamo que fijaba la Ley, arriba de un 50% de recomposición de salario no pagado desde que asumió Milei. 

Un acuerdo que, además de no resolver los graves problemas salariales ni presupuestarios de las universidades, le hace un favor político al gobierno permitiéndole desactivar el reclamo social que logró la mayor masividad en las calles durante su mandato, generando un amplio consenso social y exponiendo su política criminal de pretender liquidar la educación pública superior. Además, se trata de una ayuda que le cae al gobierno en un momento político donde está dañada su legitimidad política frente a la sociedad producto de la combinación del ajuste brutal sobre las condiciones vida y los escandalosos casos de corrupción. Por eso el rol que cumplieron estas direcciones sindicales es verdaderamente vergonzoso y cómplice de garantizarle gobernabilidad a la extrema derecha en el poder. No hay otra palabra más justa y precisa para definir esta entrega de la lucha que la traición lisa y llana.  

Para justificar firmar este pacto con el gobierno, los dirigentes de Conadu y sus asociaciones de base utilizaron distintos argumentos. En primer lugar, que lo hacían “porque los compañeros están muy necesitados, no llegan a fin de mes”. Una razón que, viendo la miseria de aumento que contiene el acuerdo, no implica ninguna solución ni alivio sustancial para el bolsillo de las y los trabajadores. En segundo lugar, dijeron que “el gobierno estaba acorralado y que por eso había que aprovechar esto para sacarle este dinero y luego seguir peleando”. Resulta que, efectivamente el gobierno está débil en relación al reclamo universitario, pero, como ese es el caso, lo que había que hacer era aprovechar esa posición defensiva del gobierno y profundizar las medidas de fuerza, forzándolo a que cumpla la Ley. No cómo se está haciendo ahora que se levantaron los paros, a excepción de la CONADU Histórica que, al dar un día más para hacer asambleas en algunas universidades del país, permitió que se exprese más ampliamente la docencia y por lo tanto el clima de rechazo extendido.  

La tercera razón que esgrimían los burócratas sindicales fue “que la docencia estaba cansada de luchar”. ¡Una infamia que riñe con la realidad! Como dijo una compañera en la Asamblea de ADULP (UNLP), en realidad “no estamos cansados de luchar, estamos mal por levantarnos todos los días y ver las cosas que hace este gobierno, eso nos pone mal, no salir a luchar, eso nos fortalece y da ánimos para seguir”. Unas palabras que expresan de forma precisa la situación que se vivió durante estos más de dos largos años: que, ante la adversidad de la reaccionaria política del gobierno, las y los trabajadores fueron encontrando, en la organización colectiva, en la solidaridad de clase y en la lucha en las calles, los puntos de apoyo para fortalecerse y dar pelea contra los ataques e intentos de quebrarnos. Si algo ha demostrado la lucha del movimiento universitario es su fuerte determinación a dar la pelea, a pelear codo a codo en las calles entre trabajadores y estudiantes, logrando sumar a las familias en los colegios de pre-grado, a las generaciones de profesionales y trabajadores que pasaron por la universidad, a sectores del movimiento obrero, etc. Una fuerza conquistada que no está para nada cansada, sino al contrario, dispuesta a seguir la pelea y que había tomado la bandera de Ley Universitaria como causa justa y necesaria.  

Sin embargo, a pesar de toda la fuerza del movimiento, no ha dejado de encontrarse con muchos obstáculos para abrirse caminos. En primer lugar, con la política de las burocracias sindicales y estudiantiles que fueron dosificando la lucha en el tiempo, haciendo paros y movilizaciones muy espaciadas, provocando que la fuerza del movimiento tienda a disiparse y no a concentrarse, lo que hubiera golpeado con mucha mayor fuerza al gobierno. Pero no, el plan de lucha fue en cuotas, de manera tal que cada tanto se hacía una gran marcha pero que nunca adquiriera una dinámica de confrontación a la altura del ataque. Lograr una lucha así hubiese requerido, además y principalmente, que los trabajadores pasen de tener al movimiento estudiantil como un sector que “apoya el reclamo”, como en general ha sido durante todo este tiempo, a transformarse en un actor protagónico de la lucha. Un giro que hubiera sido un cambio completo en la dinámica de la lucha porque a lo largo de la historia de la lucha universitaria, se ve con claridad que es imposible lograr una conquista clara y concreta sin el ingreso decisivo de la fuerza del movimiento estudiantil. No sólo porque los estudiantes son la inmensa mayoría del movimiento universitario, sino porque sus métodos de lucha son radicales, como las tomas y cortes de calles. Así ha sido en 1918 en la Reforma Universitaria, luego en el Cordobazo y todas las revueltas obrero-estudiantiles que estallaron en las distintas provincias, durante los años 70´, en el 2001 con la rebelión popular y durante la época del macrismo. Recientemente bajo el gobierno de Milei hubo algunos momentos donde pareció querer asomar esta impronta radical de los estudiantes, pero por arriba, las direcciones estudiantiles burocráticas, ligadas al peronismo y al radicalismo, buscaron desactivarla, cuidándose como de la peste de que la lucha adquiere ribetes más combativos.  

Del lado de las direcciones sindicales burocráticas también se ha dicho estos días que bajo un gobierno de extrema derecha como el de Milei era imposible conquistar la aplicación de la Ley y que, si bien se trataba de un reclamo justo, “no era realista” creer que podíamos conseguirla. Incluso, por ejemplo, en la Asamblea de ADULP se llegó a decir que “nosotros nunca quisimos esta ley”, y que “los sindicatos, en la concepción del peronismo, se dedican a pelar por derechos, los “temas políticos van por otro carril”, y que por lo tanto “había que tomar esto como una clásica negociación salarial”. Todas expresiones verbales para justificar una capitulación vergonzante que esconde que la Ley fue una herramienta política y jurídica tomado por el conjunto del movimiento como producto de una conquista enorme de la lucha en las calles que obligó al Congreso a votarla 2 veces. 

Además, que la pelota estuviera en el terreno de la Corte Suprema significaba una presión mayor hacia el gobierno. Hubiese sido escandaloso que los jueces se ubiquen por encima de una ley votada dos veces por el Congreso y respaldada por un amplio consenso social. La reacción callejera de un fallo adverso habría sido enorme. Esto no significa que confiemos en que la Corte tenga la intención de fallar por la aplicación de la Ley. Tampoco el movimiento tenía confianza en el Congreso y por eso copó las calles para forzarlo a hacerlo. Si una enseñanza ha calado profundamente todo este tiempo es que no se puede confiar en ninguna de las instituciones del Estado: sólo la fuerza organizada y movilizada de millones ha sido la que permitió todos estos avances, y, al contrario, fue la política de las burocracias y los rectores la que impidió, por el momento, que la lucha pueda lograr la conquista efectiva y real de la Ley. Pero justamente por esta fuerza, es que la Corte estaba muy presionada a fallar a favor nuestro, lo que explica, además la desesperación del gobierno de querer acordar. 

Finalmente, mediante una maniobra a las apuradas, en algunos casos convocando asambleas de un día para el otro y en otros haciendo consultas virtuales para que no haya debate, las centrales sindicales se reunieron y fueron directamente a firmar el acuerdo. Un operativo exprés clásico de las burocracias cuando olfatean que entre la base no encontraran un eco positivo a sus decisiones. Así, el aparato sindical se impuso por encima y contra la voluntad de los trabajadores, y por eso durante estos días se desató una bronca extendida en las universidades que ha tenido expresión en los medios de comunicación y en las redes sociales provocando intentos de reagrupamiento por medio de grupos de WhatsApp, autoconvocatorias en la calle como en La Plata y otras ciudades del país.  

De ahora en adelante, a pesar de la traición de las direcciones sindicales, el movimiento universitario tiene el desafío de continuar la lucha por la aplicación de la Ley, por el verdadero aumento salarial que corresponde a los trabajadores y por las demandas de los estudiantes. Un camino de lucha que requiere conquistar mayores grados de organización asamblearia y democrática en cada universidad, en cada colegio y en cada facultad, de manera de ir forjando verdaderas instancias donde sea la voz y voluntad de los trabajadores la que tome en sus manos la lucha y las decisiones que se tomen. Además, el movimiento necesita que la fuerza de los estudiantes ingrese de forma protagónica. Por eso necesitamos estrechar lazos mediante actividades conjuntas, espacios de coordinación y asambleas interclaustro que permiten una unidad que hasta el momento ha estado maniatada por las burocracias.  

¡Por el inmediato cumplimiento de la Ley! 
¡Asambleas en todo el país para continuar la lucha!

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