A su manera, la Copa Mundial de la FIFA condensó y expuso las principales características de la situación internacional: la polarización política, la ofensiva imperialista en el mundo encabezada por Trump, la ultra-mercantilización de la vida y la tendencia a la resistencia y el cuestionamiento a los ataques imperialistas por parte de los pueblos oprimidos.
En la previa, el Mundial ejerció como un elemento reaccionario de la situación política, debido al exacerbado «trumpismo» que emanaba desde el propio presidente de la FIFA hasta la organización del torneo en general: Las amenazas y maltratos a las que fue sometida la selección de Irán, la prohibición de entrada al país de dirigentes y árbitros, la manipulación explícita del propio Trump para que la FIFA anule una tarjeta roja a un jugador estadounidense, etc. Si el trumpismo es la forma más burda y descarada del patoterismo imperialista, no hay dudas de que este fue un Mundial «trumpista». A esto se suma que se trató del Mundial más mercantilizado de la historia: el acrecentamiento en el número de equipos estuvo claramente vinculado a la maximización del tiempo de venta para publicidades en las transmisiones, tiempo ahora multiplicado por la implementación de la «pausa de hidratación», donde, en medio del partido, millones alrededor del mundo fueron bombardeados con publicidad de casas de apuestas y comida basura. Una verdadera postal distópica de la decadencia social a la que aspira el capitalismo del Siglo XXI.
Sin embargo, de la misma manera que Trump encabeza una ofensiva imperialista en el mundo pero no logra controlar sus efectos (como lo demuestra la guerra contra Irán), también en el Mundial se coló el otro polo de la situación política: la legítima defensa de los oprimidos del mundo contra los ataques del imperialismo y la extrema derecha. Así, a pesar de las presiones de la organización de «prohibir toda manifestación política», las banderas palestinas dijeron presentes no sólo en las tribunas sino incluso entre los protagonistas, como en el caso del DT de Egipto. El Mundial también fue el auditorio en el que nada menos que Kylian Mbappé, la estrella francesa que terminó siendo el goleador del torneo, se manifestara abiertamente contra la extrema derecha. Y, por supuesto, uno de los hechos políticos más resonantes del Mundial que fue la bandera desplegada por los jugadores argentinos luego de vencer a Inglaterra con la inscripción «Las Malvinas son argentinas», un mensaje contundente que fue creciendo de manera genuina desde abajo en la población al quedar definido el partido de semifinal contra Inglaterra, y que luego en el estadio bajó -figurativa y literalmente- desde las tribunas, hasta ser tomado por los jugadores de nuestra Selección.
De esta manera, el torneo no fue una pausa de la situación política, sino su desarrollo por otros medios. Días antes de finalizar la copa, Trump volvió a bombardear Irán, echando por tierra la frágil tregua que imperó durante algunas semanas. Ahora la situación en Medio Oriente volvió a tensarse, y junto con ella, los mercados mundiales. El tránsito por el estrecho de Ormuz volvió a verse afectado, y el involucramiento de las milicias Hutíes en Yemen contra cargueros y petroleros saudíes afectan también la salida de petróleo por el estrecho de Bab el-Mandeb, en el otro extremo de la península arábiga. El resultado fue que la semana pasada el precio internacional del petróleo volvió a superar los 100 dólares, dando otro golpe a una economía mundial que ya venía afectada.
La «campaña anti-Argentina» y la actualidad de una política antiimperialista
Por todo lo que venimos relatando, tanto el Mundial como la situación política en general han dejado planteado de manera candente el debate sobre el significado de la dominación imperialista en el mundo y, correlativamente, el lugar que ocupan los países semicoloniales en este reparto. En ese contexto se inserta la «campaña anti-Argentina» que dominó el debate público y que trascendió las redes sociales. ¿Cómo debe entenderse este fenómeno y cuál es su significado real?
En primer lugar, en un contexto marcado por la ofensiva imperialista es típico que se vean resurgir los nacionalismos, en particular en los países semicoloniales que son oprimidos por dichos imperialismos. Pero también el nacionalismo imperialista, de carácter ultra reaccionario, con el que se busca justificar las agresiones y la dominación hacia los países semicoloniales. Como ejemplo del primer caso tenemos a Irán, donde en enero de este año miles salieron a la calle a protestar contra el régimen de los Ayatolás pero, luego de los ataques criminales de Trump y Netanyahu contra el país, lo que suscitó no fue tanto la caída del régimen como la legítima defensa nacional contra los ataques imperialistas, incluso entre sectores que se venían manifestando contra el gobierno1. Como ejemplo del segundo tenemos al propio trumpismo, un nacionalismo imperialista que reivindica su posición de poder dominante en el tablero mundial, lo cual implica necesariamente el sojuzgamiento del resto de las naciones a su dominio político, económico y/o militar.
Atravesado y distorsionado por lo deportivo, las críticas hacia nuestro país estuvieron motorizadas en primer lugar y casi invariablemente por figuras de países imperialistas a través de las redes sociales, estadounidenses y europeas, y aunque la campaña comenzó con el propio Mundial, su exacerbación luego del episodio de los jugadores sosteniendo la bandera de Malvinas fue notorio. A este respecto, es claro como la campaña tuvo como contenido «castigar» a un país semicolonial que intente «levantar cabeza» (¡Tanto en lo futbolístico como en lo político!) y cuestionar los lazos de dominación que lo subyugan. La burguesía imperialista es condescendiente y finge sensibilidad siempre que «la periferia» no cuestione el orden de cosas. Pero cuando esto sucede, lanzan su más venenosa agresividad imperialista, sea en forma de guerra comunicacional, como a través de los medios o las redes, sea a través de su intervención directa, política o militar, como en Venezuela, Cuba o Irán. Fue notorio como sectores del progresismo yanqui –no usuarios anónimos sino referentes o dirigentes más o menos ligados al Partido Demócrata- expresaron de manera furibunda su oposición al gesto de los jugadores al levantar la bandera de Malvinas2.
Si el contenido de esta campaña es predominantemente reaccionario, su alcance en el mundo a sectores más amplios se combinó con sentimientos legítimos de rechazo a la figura de Milei, como uno de los principales aliados internacionales de Trump y también como una de las caras del sionismo y amigo del criminal genocida Netanyahu. Pero estas críticas progresivas quedaron envueltas en un contenido xenofóbico reaccionario contra nuestro país.
Los marxistas tenemos muy claro que la cuestión nacional no sólo no es algo caduco, de otro tiempo, sino que hace al orden capitalista mismo: el capitalismo no se erigió como sistema dominante en el planeta desarrollándose de manera independiente en cada país, sino precisamente a partir de los lazos de colonialismo primero y dominación imperialista después. El internacionalismo marxista no niega la cuestión nacional en favor de las «contradicciones de clase», como expresa cierta caricatura del marxismo. Por el contrario, la crítica decisiva de Lenin a la II Internacional es que la explotación de clase y la opresión nacional no son fenómenos opuestos sino complementarios. La misma idea es defendida por Trotsky en su teoría de la revolución permanente.
Por lo tanto, los marxistas defendemos de manera incondicional toda acción de un país semicolonial contra su dominador imperialista, aunque nos mantenemos independientes de sus gobiernos burgueses. Así, aunque Irán este gobernado por un régimen ultrarreaccionario como el de los Ayatolás al cual no damos ningún tipo de apoyo político, defendemos de manera irrestricta el derecho de ese país a defenderse de los ataques de Trump y Netanyahu. De la misma manera, defendemos claramente el reclamo argentino sobre Malvinas, ocupadas por el imperialismo británico, y esto independientemente de que Argentina esté gobernada por una dictadura militar reaccionaria (como en la guerra de 1982) o por el ultraderechista Milei. En cambio, rechazamos de plano toda guerra inter-imperialista por el reparto del mundo (como fue la I Guerra Mundial) así como también rechazamos la guerra entre países semicoloniales. El marxista que no comprenda la importancia de la cuestión nacional en favor de un ultraizquierdismo abstracto (como puede ser la típica posición de «no apoyar a ningún bando burgués») queda del lado del imperialismo, como demuestra toda la historia de la lucha socialista. Este debate, tan candente en la época de los grandes revolucionarios como Lenin y Trotsky, retoma con toda su fuerza hoy, en épocas de ofensiva imperialista.
Milei quiere entregar nuestras tierras: a las calles contra la Ley de Extranjerización
A pesar de que en un primer momento Milei quiso aprovechar el sentir popular por Malvinas de manera reaccionaria -amenazó con arancelar la salud y la educación para extranjeros- el tema terminó siendo más bien incómodo para un gobierno que se define precisamente por su vocación de súbdito a los dictados del imperialismo. A esto se suma que pervive en la memoria popular los dichos de Milei acerca de su fanatismo por Margaret Thatcher.
Pero además la cuestión Malvinas le significa a Milei una piedra en el camino en la coyuntura más inmediata, justo cuando el gobierno pretende hacer aprobar una «Ley de propiedad privada» que significaría abrir la puerta para una mayor entrega del territorio nacional en manos de grandes capitales y empresarios extranjeros, un proceso que es histórico en nuestro país, en particular en la Patagonia, pero que Milei pretende darle un salto en calidad.
De hecho, la alegría popular luego del triunfo contra Inglaterra que se manifestó masivamente en las calles colaboró con que al otro día el gobierno debió posponer la sesión donde pretendía darle media sanción al proyecto. Apalancado en el sentimiento popular que se impuso desde abajo por la cuestión Malvinas y por haber tenido que suspender la sesión hasta después del Mundial, en lo sucesivo están creciendo diversas convocatorias desde abajo para frenar el tratamiento de la Ley el próximo 6 de agosto, la fecha estipulada para su tratamiento en el Senado.
Así, luego de varias semanas de estabilidad política, superados ya para el gobierno los trastornos de Adorni y el Mundial, la coyuntura vuelve a «ponerse en movimiento» y la política vuelve a ocupar las calles. La situación económica de las mayorías populares sigue siendo de penuria. El mundial sirvió como un respiro momentáneo de los sufrimientos cotidianos, pero la situación objetiva continúa deteriorándose: En junio, el consumo masivo volvió a caer, y junto con él la popularidad del gobierno en las encuestas, que venía de un leve repunte. Los despidos y el desempleo continúan su ritmo, mientras en simultáneo, quienes aún tienen se ven obligados a buscar un segundo trabajo.
Como salvoconducto al descontento social, al gobierno y la burguesía les gustaría poder ya lanzar la campaña electoral para el 2027, pero la crisis y la falta de alternativa le impiden poder canalizar toda esa bronca mediante expectativas en el voto, para el que falta todavía más de un año. Todos estos síntomas de crisis no logran ser capitalizados tampoco por el peronismo, que aparece impávido frente al descontento social por la sencilla razón de que es incapaz de ofrecer una salida.
Con todo, el gobierno intenta ahora relanzar su ofensiva con el tratamiento parlamentario de dos leyes fundamentales: la ya mencionada Ley de Extranjerización y la reforma electoral, con la que no sólo buscan suspender las PASO sino una reforma mucho más estructural y reaccionaria, como eliminar el financiamiento público de las campañas y habilitar el financiamiento de privados a los partidos políticos, medidas profundamente antidemocráticas que refuerzan la dominación de los intereses de los empresarios y perjudica la capacidad de intervención de cualquier expresión independiente, como la izquierda revolucionaria.
Pero el sentimiento legítimo de reclamo por las Islas Malvinas que fue creciendo desde abajo le dio forma también a lo que será seguramente una movilización de gran importancia el próximo 6 de agosto cuando el Congreso trate estos proyectos que presenta el oficialismo. La convocatoria fue creciendo desde las redes sociales a la que se sumaron algunas organizaciones sindicales y políticas, así como referentes de la lucha feminista y ambiental.
Así como el imperialismo británico continúa ocupando nuestras Islas Malvinas, así también Milei pretende avanzar con la entrega de más territorios de nuestro país: ¡Debemos ser miles en las calles para derrotar este intento! Exigimos que la CGT y CTA convoquen masivamente a un paro y movilización para ese día. El 6 de agosto llenemos la Plaza de los Dos Congresos.
¡FUERA EL IMPERIALISMO BRITÁNICO DE LAS ISLAS MALVINAS Y TODO EL TERRITORIO NACIONAL!
¡NO A LA LEY DE ENTREGA Y EXTRANJERIZACIÓN DE LA TIERRA!
¡QUE LA CGT Y CTA CONVOQUEN A PARO Y MOVILIZACIÓN PARA EL 6/08!
NO AL PAGO DE LA DEUDA EXTERNA, FUERA EL FMI
EL 6 DE AGOSTO TODOS AL CONGRESO
- Según The Guardian, “El ataque a Irán, y el bombardeo de civiles e infraestructuras civiles, desencadenaron una ola de nacionalismo, un raro momento de solidaridad en un país profundamente dividido. Existe una creencia generalizada de que Irán ganó la guerra, según los analistas: «Trump y Netanyahu han logrado unir a los iraníes más que cualquier político iraní», dijo Foad Izadi, profesor asociado en la Universidad de Teherán. «Incluso la gente que no le gustaba el gobierno, no quiere enviar a sus hijos a la escuela y no volver a verlos, y no quiere que bombardeen su hospital local.»» Iran’s regime survived the war. Can it make peace with its own people? | The Guardian 22/06/26.
↩︎ - Uno de ellos fue Bhaskar Sunkara, fundador de la revista Jacobin y dirigente de los Socialistas Democráticos de América (DSA), que compite en las internas del Partido Demócrata. ↩︎








