Como titula el escritor Martin Rodríguez el fin de semana en la Revista Panamá, la Argentina vive en una dinámica política donde parece que un día Milei se encamina a la reelección, y al otro día se va en helicóptero como Fernando De La Rúa en el 2001 por intermedio de la más grande rebelión popular de la historia de este país. Aunque las cosas no son así de extremas, la observación da cuenta de los vaivenes que muestra la situación política general por la que transitan los asuntos el país desde que asumió Javier Milei en diciembre de 2023: una sucesión de momentos de fuerte ofensiva ultra-capitalista donde el gobierno parece que se lleva todo puesto y tiene atributos de poder para encaminarse a un segundo mandato presidencial, con momentos donde parece que se desliza por una pendiente de desgaste en su aprobación popular, entra en algún grado de crisis y sufre reveses del algún tipo.  

Si tras la aprobación de la esclavista y antiobrera reforma laboral el gobierno parecía empoderarse por un largo tiempo, las cosas como están ahora lucen un tanto distinta: la caída del capítulo que reformaba la Ley de Tierras en el marco de Ley de “inviolabilidad de la propiedad privada” es una derrota política de importancia para Milei y expresa una coyuntura más adversa para el gobierno en términos generales.  

El regreso de “lo nacional”  

Como señalamos en nuestra última editorial el Mundial de Futbol no fue una pausa de los asuntos políticos internacionales, sino una forma en las cual se colaron, a su manera, sus fuertes contradicciones. Si por un lado se trató de un mundial “trumpista” por el nivel de mercantilización, manejos discrecionales y abusos de poder propios de la nueva doctrina imperialista de EEUU, al mismo tiempo tuvo todo tipo de episodios que expresaron los reclamos y anhelos de los explotados y oprimidos del mundo. Desde el DT de Egipto flameando la bandera palestina, los dichos de Mbappé contra la extrema derecha y lo que, probablemente mayor impacto político tuvo: el momento en que un grupo de hinchas les pasó una bandera a los jugadores de la selección Argentina con la consigna “Las Malvinas son Argentinas” y la levantaron en vivo y en directo frente a las pantallas del mundo.  

Sin bien en Argentina se instaló una campaña que decía que el partido con Inglaterra era “sólo un partido de fútbol”, las amplias masas populares del país no lo leyeron así, sino que a través de esta contienda deportiva hicieron resurgir el reclamo de la soberanía de las Islas Malvinas como hacía décadas no pasaba en el país. No es casual: en un mundo donde el imperialismo se vuelve agresivo de las naciones y los pueblos del mundo y bajo un gobierno que hace gala de su cipayismo y abyecta subordinación a Trump, por la propia dinámica polarizante que la época actual, los sentimientos “nacionalistas” cobran nueva vida.  

En este contexto, el gobierno no tuvo mejor idea que intentar operar una reforma de la Ley de Tierras actual que permite pasar el tope de 15% de tenencia en manos de extranjeras a que no tenga ninguno. Dicho de otra manera, Milei pretendía poner un cartel de “Argentina en venta”, tal como lo piden sus amos imperialistas, que son quienes verdaderamente están detrás de este pedido de reforma que pretende liberas zonas completas para que grandes capitales puedan comprar lagos, suelos con recursos naturales, zonas estratégicas donde montar centros de datos de la IA, etc. Una ley a medida del nuevo plan de recolonización de Trump para América Latina.  

Pero lo que se le escapó al elenco gobernante no fue sólo el “clima nacionalista” que permeó en la coyuntura, sino el profundo malestar social que existe entre amplios sectores sociales, jóvenes, trabajadores, sectores medios, en fin, una gran mayoría de la población que, según todas las encuestas de opinión, desaprueban la gestión de Milei y expresan lo equivocado del rumbo político y económico del gobierno.  

A sólo dos días del partido con Inglaterra, en el pico del entusiasmo popular tras haberle gano a Inglaterra, el gobierno intentó convocar una sesión del Congreso para aprobar la “ley de tierras” y la presión instalada hizo que clásicos gobernadores y senadores peronistas que siempre se dedican a votarle todas las leyes, esta vez no les garanticen los votos para hacerlo. Lo que llevó al gobierno a levantar por anticipado la sesión y anunciar que la convocaría este 6 de agosto.  

Una nueva irrupción autoconvocada 

Desde ese día comenzó a convocarse por abajo un llamado a movilizarse masivamente el día que se trate la ley en el Senado. Además del llamado que realizaron las organizaciones de izquierda a marchar, la novedad fue que decenas y decenas de flyers y comentarios en las redes sociales totalmente independientes de los aparatos de las burocracias sindicales y estudiantiles cobraron protagonismo en la convocatoria, instando a ganar las calles.  

Una verdadera irrupción autoconvocada que identificó un nuevo ataque del gobierno y resolvió la importancia de volver a salir a la calle a pesar de lo que se volvió una evidencia política para millones: que las direcciones sindicales del peronismo no tienen ninguna voluntad de enfrentar los planes de ajuste y ataque del gobierno. En todo caso, sólo les interesa “aparecer” convocando cuando la presión por abajo es muy fuerte y, si no lo hacen, temen quedar completamente deslegitimados.  

Efectivamente, la presión social contra la extranjerización de tierras fue creciendo de forma aluvional durante las últimas semanas, llegando a que referentes artísticos muy populares, como Tini Stoessel, María Becerra, Emilia Mermes, Fito Páez, entre otros, se sumen directamente a la convocatoria de la marcha a través de sus redes sociales, confirmando que el rechazo a la ley había ido más allá de los sectores que habitualmente critican las políticas del gobierno. Una nueva “línea roja”, que no estaba entre los motivos que produjeron movilizaciones en Argentina durante varias décadas, estaba apareciendo en el escenario político referida a la cuestión de la soberanía. 

Fue tan grande la presión de amplias capas de la población, que alcanzó para que el día previo a la votación en el Senado, el gobierno tuviera que retirar el capítulo que reformaba la ley de tierras, lo que ya indicaba una primera derrota política y triunfo del reclamo social. Se le había dado un primer golpe al proyecto de ley y eso era celebrado por amplios sectores que percibieron que había que movilizarse al otro día para evitar que toda la ley se apruebe, y en particular el apartado que permitía que los terratenientes prendan fuego los bosques para luego vender los campos para la agricultura.  

Como era de prever, la movilización fue masiva y destacó un componente sobre otros: la mayoría eran sectores que fueron por su propia cuenta, por fuera de los sindicatos y las agrupaciones políticas, en sintonía con lo que había sido días atrás el centro de las convocatorias más “autoconvocado”. De hecho, además de que los sindicatos y agrupaciones del peronismo se movilizaron a modo de «hacer presencia”, pero sin quedarse realmente todo el tiempo que sea necesario, tampoco habían organizado convocatoria en los lugares de trabajo, poniendo micros y todo lo necesario para garantizar una participación masiva. O incluso, ni un solo sindicato de la CGT y de las dos CTA que convoque a parar ese día, frente a semejante ataque a la soberanía.  

La reacción del gobierno fue la de siempre, descargando una fuerte represión en horas de la tarde para evitar que se sigan sumando nuevos sectores trabajadores cuando terminaban su jornada de trabajo. Pero esta vez no se trató de una muestra de autoridad y poder, sino del intento del gobierno de no retroceder en su intento de “mantener a raya” la protesta social. Pero le salió al revés, dejando en evidencia que no tienen el “control de la calle”, como quieren mostrarle a los mercados, y de cara al movimiento de masas que, a pesar la represión, amplios sectores deciden movilizarse igual y sostener con firmeza los ataques. Una cuestión que nos remite a otro elemento que viene siendo ampliamente conversado entre el movimiento de lucha que viene resistiendo los planes de Milei: si los sindicatos, como la CGT y CTAs, convocan y organizan masivamente un plan de lucha, sería imparable y podría no sólo parar la represión del gobierno, sino derrotarlo de forma completa.  

Finalmente, en horas de la madrugada y producto de la redoblaba movilización callejera, el gobierno tuvo que retirar también el capítulo del manejo del fuego, produciendo una segunda victoria para el movimiento popular. Aun así, por la complicidad de los senadores logró sostener el ataque a los inquilinos, permitiendo el desalojo expreses en 10 días con el solo pedido del propietario sin tener que atravesar un proceso judicial. Además, limita el poder del Estado para realizar expropiaciones de propiedades y empresas privadas. Sin embargo, estas reformas regresivas (que aún tienen que aprobarse en Diputados) no revierten que de conjunto el gobierno sufrió una derrota de importancia que abre sin dudas una nueva coyuntura política más favorable para colocar en las calles los reclamos de los trabajadores, potenciar en cada lugar de trabajo y estudio la organización política, de modo de estar mucho mejor preparados no sólo para enfrentar los próximos intentos de ataques del gobierno sino para ir gestando las fuerzas para derrotarlo de conjunto.

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